viernes, 14 de noviembre de 2008

SER DEL AIRE

No puedo ocultar mi admiración y cariño por una amiga que hace danza área. Sus vuelos me inspiran, llenándome de imágenes. Siempre había querido saber cómo nació este impulso. La entrevisté para este número de Díatreinta.

Úrsula Carranza, una de las principales impulsoras de la danza aérea en nuestro país, al igual que la oruga en el poema de José Watanabe, ignora el gran prestigio que tienen los seres del aire. Se trata de algo mucho más fuerte que el poder, dice, es la libertad total, el disfrute total.
¿Cómo alguien que se ha aferrado toda su vida a la tierra comienza a explorar movimientos a través del vuelo?
“Mi hija acababa de nacer, mi esposo se quería separar y yo tenía el proyecto de tesis encima. Debía seguir adelante. Retomé el gusto por cosas que hacía antes: ir al cine, montar bici, caminar. Iba a todos los eventos culturales gratuitos. Hasta que en un circo observé a una argentina interpretar un tango aéreo. Ese instante me reveló que viviría feliz si podía hacer lo mismo de inmediato”.

Se buscó un profesor y comenzó su aprendizaje en una casona barranquina, sobre arcos hechos con tres tubos superpuestos en el piso con fajas de lona para aviones. “Pagaba dos horas de clase dos veces por semana, pero iba todos los días, hasta el domingo. Permanecía trepada bajo el sol con los brazos hinchados. Me demoré dos meses en subir del todo. Ninguno de mis alumnos se ha demorado tanto. Esa vez subí seis metros, y para lograrlo debí pensar que la tela era una prolongación de mi propio cuerpo. Era el comienzo de algo mejor para mí. Luego me di cuenta de que no sabía cómo bajar”.

La altura mínima para trabajar son 4 metros. Pero la ideal está entre los 8 y los 12 metros, porque desde esa distancia, tomando en cuenta que la tela debe rozar el piso, se pueden encontrar espacios para maniobrar verticalmente. “En verdad lo más importante no es la primera subida, sino la primera caída. Te lanzas de cualquier manera, puedes rodar hacia abajo, caer como una gota. La primera que hice fue hacia adelante con giros a ambos lados”.

Dos tipos de telas son las favoritas en el Perú para la danza aérea: polistrech y polibrillo. Esta última tiene un lado tan brillante como la licra. Cuando las luces caen sobre ella o se usa vestuario dorado o plateado el acróbata resplandece. Lo que la hace hermosa y especial la convierte al mismo tiempo en una tela que se resbala de las manos. Úrsula emplea poliestrech para poder sujetarse mejor; la funcionalidad sobre la estética. Cuenta que para la práctica de algunos deportes las manos sudorosas son un grave problema. Para la danza aérea son una bendición: se adhieren a la tela.

Cada cinco metros de tela puesta en la estructura pesa dos kilos. Si se está a diez metros del suelo, la tela pesa cuatro kilos. Su capacidad de vuelo y maniobrabilidad es lo más importante para vencer la fricción. Pero en el aire todo depende de la fuerza, de la obediencia de los músculos y de la resistencia del propio cuerpo. También de una invulnerable fortaleza mental. Úrsula tiene un miedo genuino a las alturas. No le llaman la atención los parapentes ni los paracaídas ni las escaleras. Le teme a todo lo que no puede aferrarse. Al principio se mareaba mucho, cuando daba vueltas con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo.

Su primera presentación oficial fue hace tres años en el colegio Antonio Raimondi. De allí vinieron numerosas performances en centros culturales de Lima y provincias; conciertos, discotecas, eventos de empresas. Luego creó piezas completas de danza teatro. A este trabajo se sumó la enseñanza. Chicos que “hacían circo” le pidieron aprender. Dio clases con telas suspendidas en ramas, en los parques, hasta que armó su propia estructura. Ahora enseña en el centro cultural “Evidencia” de Barranco. Para sus alumnos y para ella la danza aérea es un espacio para la catarsis individual y colectiva. “De chica quería ser austronauta, me gustaba la idea de flotar. Nunca pensé que mi función en la vida fuese algo marcadamente terapéutico”. El año pasado el ICPNA le abrió sus puertas para estrenar con sus alumnos El juego de Kronos. La obra recogía lo que para Úrsula es el mensaje principal de la Divina Comedia: la analogía directa entre el infierno, la densidad, la falta de movimiento y el hecho de estar cada vez más iluminado, cerca del cielo y en movimiento extremo. Su novio, Jorge Durand, baterista de Frágil, muchas veces toca percusión mientras ella revolotea sobre su cabeza. En 2009 estrenará una nueva obra en el ICPNA y otra en el Teatro Segura.

Fue modelo, estudiante de biología, actriz, bailarina; es filósofa. Estos aprendizajes le han permitido familiarizarse con la construcción de un personaje ligado siempre al lenguaje del cuerpo. Cuando vio en persona a la Venus de Milo en el Louvre comprendió toda la fuerza de la belleza, la belleza de la fuerza. Desde ese momento buscó darle un sentido a sus obras. “Comencé tarde, a los treinta y uno, pero en términos atléticos creo que he alcanzado un buen nivel, aunque mi idea de coreografía no es hacer algo bonito, sino construir un personaje y una escena”. Cree en la improvisación como eje, en el aprendizaje constante que nunca termina. “Lo malo es que acá te piden que hagas las mismas acrobacias que el Circo del Sol. Nos echamos como barquitos a las corrientes extranjeras, no hay un círculo de arte revolucionario. Somos copia en general. La interpretación hace que el país avance y en el Perú se da de forma aislada”.

Ver a Úrsula en acción te corta el aliento. Trepa por la tela, sonríe como si no le pesara, se enreda y desenreda en ella, marcando el ritmo de la música con movimientos fuertes. Luego se lanza en picada hasta quedar tan cerca del suelo que te duele el corazón. “A veces las productoras me preguntan si puedo cobrar menos, cuando mis precios son cómodos. Les digo que cobro como una buena anfitriona, pero que mi trabajo no es de modelo. Vivo de esto. Arriesgo mi integridad en cada obra, logro que la gente permanezca boquiabierta, y eso no tiene precio”.

El truco que los acróbatas usan para evitar el vértigo en el aire, volver la vista al mismo punto, a ella no le funciona. “Yo miro a la gente y quiero que la gente me mire. Siento fuerza, dolor, frustración, alegría, sensualidad, amor. Es comunicación pura, la conexión perfecta, algo mucho más fuerte que el poder”.

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