sábado, 31 de enero de 2009

El jardín devastado

En busca de Klingsor, El fin de la locura y ahora: El jardín devastado. Con este último libro el mexicano Jorge Volpi completa una trilogía sobre el hombre y su destino.

¿Qué tanto podemos involucrarnos en el dolor ajeno? ¿somos capaces de solidarizarnos, ayudar a los demás o solo podemos quedarnos estancados en nuestro propio dolor? ¿nos afectan las guerras recién cuando sube o baja el petróleo, cuando nuestras acciones en cobre se hunden porque el mundo no compra tantas balas? En fin, como se pregunta el propio narrador: ¿es intransferible el dolor?

El libro nos sitúa entre Irak y México. Dos mujeres que lo han perdido todo, condenadas a la muerte, y un hombre perseguido por la culpa. Un intercambio de exilios. La narración en primera persona permite el tono reflexivo, filosófico: "¿Escribir sobre la humanidad en olor de multitudes? Millones de rostros congelados, millones de cuerpos semejantes: la pesadilla de verse tantas veces repetido".

Laila está en Irak. Ha muerto su familia, ha perdido a su hija, debe recorrer el país en ruinas para encontrar a sus dos hermanos.
Ana está en México. Detrás de sus ganas de vivir hay una pena inabarcable, una incapacidad de amar. Y el narrador, azorado en un principio por la posibilidad de salvarla, pasa de héroe a villano. Ya no es lo que soñó para sí, ahora es un hombre en una batalla.
Todos ellos están en un jardín devastado, ya sea Babilonia, la encementada México o el paraíso perdido.
La prosa de Volpi en este libro es elegante, limpísima, no hay palabras de más ni de menos. Los títulos de cada breve "historia", contextualizan y facilitan la lectura. Se lee en dos horas; las reflexiones permanecen mucho más.

jueves, 29 de enero de 2009

A la cama con Gabriela Wiener

Gabriela bien podría haber sido, según confesión propia, la séptima esposa de Badani, con su día propio para ser adorada. Gabriela bien podría ser la desconocida swinger que muchas parejas quisieran para ese primer intercambio sin máscaras. La conocí primero cuando en la librería La Familia me regalaron un ejemplar de Cosas que deja la gente cuando se va, poemario que publicó en 2007 en la Colección Underwood. Luego, a través de algunas de sus crónicas gonzo en Etiqueta Negra. Por lo general no me gustan las crónicas en las que el periodista es partícipe, a menos que la experiencia trastoque su visión del mundo o de una parte de éste. Una experiencia que merezca ser contada desde el yo, porque puede tocar los "yo" de muchos. Gabriela no se atrevería a escribir periodismo sobre algo que solo ha leído o le han contado. Puedo comprender esa necesidad. Creo que la vida le fascina y la vida comienza -dónde sino- en la cama.

Me dio curiosidad entonces la curiosidad de Gabriela, su fascinación por abordar el sexo sin censurarse, por escribir con ovarios, pero sin calzón, la misma curiosidad que sentí el primer día que, de casualidad, capté Internet en mi cuarto y navegué a propósito por páginas porno por primera vez. Por eso anoche, que me compré Sexografías, el primer libro de Gabriela, me dispuse a leerlo en la cama. Hace unos minutos he terminado de leerlo. "Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido", escribe Gabriela en su famosa incursión al club swinger; "yo también quería llegar hondo", dice en su nota sobre los efectos de la Ayahuasca. Pero miente: con permiso o sin permiso ella llegaría hondo. Gabriela, que conoce de sexo y fantasea, y que escribe sobre él con más entusiasmo que una pornstar, no para sexólogos ni principiantes, ha comprendido y ha aprendido algo de cada una de sus experiencias. Esa certeza quedó en mí al leer el libro en conjunto. Participa, pero no deja de ser nunca una testigo. Se podría juzgar su actitud, vivir algo para escribir al respecto, pero si no lo hace para juzgar, yo no puedo juzgarla. Maneja la contención y el desbordamiento, no se reprime. Sus historias conmueven y divierten (las risas tontas que generan algunos pasajes se hacen cada vez menos tontas), en fin, son muy humanas. Sexografías, en la mesa de noche o debajo de la almohada.

miércoles, 28 de enero de 2009

El propósito de John Updike


John Updike, una de las grandes voces de la narrativa norteamericana, murió a los 76 años. Sus textos lo sobrevivirán.
Será recordado por mirar entre las grietas de una sociedad que vive en decadencia y que a veces logra aprender de sus fracasos, con un poco de fe. Para mí, Updike dejaba entrever en sus textos: no te decepciones, siempre la vida será más grande que tú, convive con tus frustraciones.
“Es así que soy un cristiano que asiste a misa a la vez que vive fascinado por la ciencia”, dijo para la revista Nacional Geographic, cuando lo invitaron a escribir el prefacio de un artículo sobre dinosaurios, ya que había escrito cuentos cortos sobre aquellos animales gigantes que acabaron convertidos en polvo. “De alguna forma un escritor de ficción que escriba sobre los tiempos modernos necesita incorporar a su visión la inmensidad del pasado terrestre y los extraños eventos que sucedieron ahí”.
En esta entrevista que acompañaba el texto sobre dinosaurios dijo también que: “estaría triste todo el tiempo sin un poco de fe en que mi vida tiene un propósito y que alguien la atestigua”.

Algunos extractos de la entrevista tomados de http://ngenespanol.com/2007/12/03/entrevista-con-john-updike/

Shreeve: Fue la grandiosa evocación de su grotesca apariencia y sus valientes puñaladas a la existencia que describió en esa historia lo que me llevó a esperar que usted talvez hiciera esto para nosotros, y me alegro que sí lo haya hecho.
Me preguntó si se acuerda también de una escena de su maravillosa novela, The Centaur [El centauro], donde el estresado maestro de ciencias de bachillerato, George Caldwell, trata de presentar la belleza e inmensidad de la era geológica de la Tierra a un salón de clases que se degenera rápidamente a un caos total. El amor que Caldwell sentía por el tema de los dinosaurios penetra a través de las burlas y ataques de sus estudiantes. Me parece que su propio padre fue profesor de ciencias y matemáticas. ¿Tenía un amor especial por la paleontología?
Updike: Mi padre sólo enseñó matemáticas, pero pudo haber tomado algunas clases de ciencias en la universidad. Fue uno de esos hombres con mente práctica que toma interés en casi todo lo que cruza su camino, aunque jamás enseñó ese tema en particular. La clase trataba de crear una imagen sobre la inmensidad de la era geológica usando la común herramienta de presentarla toda en un día o en una semana, lo cual hace que la escena parezca surrealista. Por algún tiempo estuve interesado, siendo hijo de un profesor de bachillerato, en lidiar con el problema de cómo presentar el sentimiento de una escuela del siglo XX dentro de este surrealismo particular, este salto particular a los mitos y a las criaturas desaparecidas. En un punto, uno de los alumnos mal portados de la clase tira todo un cesto lleno de trilobites. No ha habido trilobites por más de varios cientos millones de años, pero aparecen en el salón de clases. También trataba, lo sé, de la condición humana, de la angustia, del miedo. Da miedo pensar en todo el tiempo que pasó antes de que nosotros apareciéramos. Todo esto se conjuga para presentar a un hombre que es en parte centauro y en parte hombre en una escuela que es parte caos y parte gente común, jóvenes que conviven.

Shreeve: Al tomar este proyecto, tuvo que escribir sobre un tema que evidentemente le gusta pero con el cual no está del todo familiarizado. Aún así, me sorprendió que su manuscrito estuviera esperando en mi correo aproximadamente seis semanas antes de fecha. ¿Cómo pudo tomarles la medida a estas bestias de forma tan rápida y sentirse cómodo escribiendo sobre ellas?
Updike: En realidad, fui provisto, por medio de usted, con material, y con varios libros sobre los nuevos y extremos dinosaurios. Así que no fue que tuviera que dominar un gran volumen de material, y además ya tenía algo de conocimiento básico sobre los dinosaurios. Encontré un tiempo en mi agenda donde me resultó más fácil entregarlo antes de tiempo a que hacerlo de último momento. Si no fuera suficiente, estaba bastante emocionado con el proyecto ya que, como usted mencionó antes, nunca había escrito para National Geographic, y para mí resulta una publicación bastante impresionante. Cuando era niño, todos los hogares de clase media tenían dentro una pila de estas revistas amarillas, y que de alguna forma eran sagradas. Por lo que la noción de aparecer en uno de los sagrados volúmenes de la revista me intimidaba un poco. También, quise empezar con tiempo porque sabía que tendría que ir y venir dentro de la pieza ya que no soy un escritor científico.

Shreeve: Una de sus primeras historias famosas, “Pigeon Feathers” [Plumas de paloma], trata del horror de un joven hombre ante la noción de que la vida se va tropezando ciegamente a través de eones sin ninguna intervención de un diseñador previo. Me pregunto si sus propios conceptos han cambiado desde esta historia o, si más bien, creer en la teoría evolutiva de Darwin puede ser compatible con creer en Dios.
Updike: Muy poco, creo. Pero, como mucha gente, vivo con ambigüedad. Y ese chico del cuento, David Kern, llegó a esa conclusión después de luchar con la realidad de la muerte, lo cual es un aspecto de la era geológica que no nos gusta, ya que significa que nosotros también nos extinguiremos y nos convertiremos un puñado de polvo. Kern llegó a ese argumento gracias al diseño cuando observó las plumas de unas palomas que acababan de ser matadas, y no podía creer que un universo así de bello, que pudiera crear cosas tan hermosas como esa, podía permitir que él se fuera a apagar como uno vela en un cuarto oscuro.
Es así que soy un cristiano que asiste a misa a la vez que vive fascinado por la ciencia. Por ejemplo, recibo Scientific American y trato de mantenerme al tanto de lo que nos dice la ciencia. Y cada vez nos dicen cosas más insólitas, de las partículas subatómicas y últimamente del universo que nos rodea. No sé, creo que estaría triste todo el tiempo sin un poco de fe en que mi vida tiene un propósito y que alguien la atestigua.

lunes, 26 de enero de 2009

Vargas Llosa entrevistado en Trujillo


Mario Vargas Llosa cumplió 73 años en Trujillo, como invitado de honor de la Feria del Libro. En la entrevista que le hizo Pepe Hidalgo, recordó sus épocas de periodista en La Industria cuando apenas contaba con 16 años (y el diario contaba con solo 4 páginas).

¿Qué recuerdos guarda de su paso por La Industria de Piura?
Son muchos. Fue una experiencia maravillosa. Yo estaba en el quinto de secundaria, en el colegio San Miguel. En esas vacaciones yo había trabajado de forma fugaz en La Crónica. Uno de los periodistas de este diario me hizo una recomendación para don Miguel F. Cerro, propietario de La Industria. Entonces me presenté ante don Miguel con esta recomendación y me contrató. Trabajé el año que estuve en Piura, al mismo tiempo que hacía el quinto de media. Terminaba el colegio al mediodía y salía corriendo a La Industria, luego regresaba al colegio y luego volvía a La Industria hasta que armábamos el periódico. Fue una experiencia hermosa porque hice un poco de todo. Escribía noticias internacionales, deportes, noticias políticas y además yo realizaba colaboraciones literarias. Las primeras colaboraciones literarias que hice nacen en La Industria de Piura.
Más info en: www.laindustria.com

Leer con The reader

Al personaje de Hanna Schmitz, interpretado por Kate Winslet en The Reader, le fascina que le lean en voz alta. Una de sus "lecturas" favoritas es La dama y el perrito, de Chéjov. Más le leen, más se enamora. Y este amor es para toda la vida. Así como Winslet (cada vez más cerca de ser la próxima Meryl Streep) ganará el Óscar a mejor actriz principal por su rol en Revolutionary Road, y su esposo, Sam Mendes, ha desatado la Yeatsmanía, La Dama y el perrito será leída en voz alta por miles en el mundo entero. Solo leemos en voz alta lo que amamos y solo le leemos en voz alta a quien amamos.

En http://www.filmjournal.com/, Winslet habla sobre sus roles en ambas películas. Dice que lo único que tienen en común es que se basan en dos novelas que le gustan:

“Playing someone like Hanna Schmitz is so different to someone like April Wheeler. The one thing, I guess, they did have in common is that they are both based on novels [The Reader, an international bestseller much-respected in Germany, is by Bernhard Schlink, and Revolutionary Road is the work of Richard Yates], and the source material is so rich that, in both instances, they really became my bible, which doesn’t happen all the time. My copy of The Reader is on a shelf right next to my copy of Revolutionary Road, and they both don’t even resemble books anymore—it looks like a dog has had a go at them. They’re just practically falling apart.”

Ahora leamos en voz alta La dama y el perrito o La señora del perrito:

1
Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.
Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la señora del perrito».
«Si está aquí sola, sin su marido o amigos, no estaría mal trabar amistad con ella», pensó Gurov.
Aún no había cumplido cuarenta años, pero tenía ya una hija de doce y dos hijos en la escuela. Se había casado joven, cuando era estudiante de segundo año, y por entonces su mujer parecía tener la mitad de edad que él. Era una mujer alta y tiesa, de cejas oscuras, grave y digna, y como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba un lenguaje rebuscado, llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri, y él en secreto la consideraba falta de inteligencia, de ideas limitadas, cursi. Estaba avergonzado de ella y no le gustaba quedarse en su casa. Empezó por serle infiel hacía mucho tiempo -le fue infiel bastante a menudo-, y, probablemente por esta razón, casi siempre hablaba mal de las mujeres; y cuando se tocaba este asunto en su presencia, acostumbraba llamarlas «la raza inferior». Parecía estar tan escarmentado por la amarga experiencia, que le era lícito llamarlas como quisiera, y, sin embargo, no podía pasarse dos días seguidos sin «la raza inferior». En la sociedad de hombres estaba aburrido y no parecía el mismo; con ellos se mostraba frío y poco comunicativo; pero en compañía de mujeres se sentía libre, sabiendo de qué hablarles y cómo comportarse; se encontraba a sus anchas entre ellas aunque estuviese callado. En su aspecto exterior, su carácter y toda su naturaleza, había algo de atractivo que seducía a las mujeres predisponiéndolas en su favor; él sabía esto, y diríase también que alguna fuerza desconocida lo llevaba hacia ellas.
La experiencia, a menudo repetida, la cruda y amarga experiencia, le había enseñado hacía tiempo que con gente decente, especialmente gente de Moscú -siempre lentos e irresolutos para todo-, la intimidad, que al principio diversifica agradablemente la vida y parece una ligera y encantadora aventura, llega a ser inevitablemente un intrincado problema, y con el tiempo la situación se hace insoportable. Pero a cada nuevo encuentro con una mujer interesante, esta experiencia se le olvidaba, sentía ansias de vivir, y todo lo encontraba sencillo y divertido.
Una noche que estaba comiendo en los jardines, la señora de la boina llegó lentamente y se sentó a la mesa de al lado. La expresión de su rostro, su aire, el vestido y el peinado, le indicaron que era una señora, que estaba casada, que se encontraba en Yalta por primera vez y que estaba triste... Las historias inmorales, que se murmuran en sitios como Yalta, son la mayor parte mentira; Gurov las despreciaba, sabiendo que tales historias eran inventos, en su mayor parte, de personas que hubieran pecado tranquilamente, de haber tenido ocasión; pero cuando la señora del perro se sentó a la mesa de al lado, a tres pasos de él, recordó esas historias de conquistas fáciles, de excursiones a las montañas, y el tentador pensamiento de una dulce y ligera aventura amorosa, una novela con una mujer desconocida, cuyo nombre le fuese desconocido también, se apoderó súbitamente de su ánimo.
Llamó cariñosamente al pomeranio, y cuando el perro se acercó a él lo acarició con la mano. El pomeranio gruñó; Gurov volvió a pasarle la mano.
La señora miró hacia él bajando en seguida los ojos.
-No muerde -dijo, y se sonrojó.
-¿Le puedo dar un hueso? -preguntó Gurov; y como ella asintiera con la cabeza, volvió a decir cortésmente-. ¿Hace mucho tiempo que está usted en Yalta?
-Cinco días.
-Yo llevo ya quince aquí.
Un corto silencio siguió a estas palabras.
-El tiempo pasa de prisa, y sin embargo, ¡es tan triste esto! -dijo ella sin mirarlo.
-Es que se ha puesto de moda decir que esto es triste. Cualquier provinciano viviría en Belyov o en Lhidra sin estar triste, y cuando llega aquí exclama en seguida: «¡Qué tristeza! ¡Qué polvo!» ¡Cualquiera diría que viene de Granada!
Ella se echó a reír. Luego, ambos siguieron comiendo en silencio, como extraños; pero después de comer pasearon juntos y pronto empezó entre ellos la conversación ligera y burlona de dos personas que se sienten libres y satisfechas, a quienes no importa ni lo que van a hablar ni hacia dónde han de dirigirse. Pasearon y hablaron de la luz tan rara que había sobre el mar; el agua era de un suave tono malva oscuro y la luna extendía sobre ella una estela dorada. Hablaron del bochorno que hacía después de un día de calor. Gurov le contó que había venido de Moscú, en donde tomó el grado en Artes, pero que era empleado de un banco; que había estado como cantante en una compañía de ópera, abandonándola luego; que poseía dos casas en Moscú...
De ella supo que había sido educada en San Petersburgo, pero vivía en S. desde su matrimonio, hacía dos años, y que todavía pasaría un mes en Yalta, donde se le reuniría tal vez su marido, que también necesitaba unos días de descanso. No estaba muy segura de si su marido tenía un puesto en el Departamento de la Corona o en el Consejo Provincial, y esta misma ignorancia parecía divertirla.
También supo Gurov que se llamaba Ana Sergeyevna.
Más tarde, una vez en su cuarto, pensó en ella; pensó que volvería a encontrársela al día siguiente; sí, necesariamente se encontrarían. Al acostarse recordó lo que ella le contara de sus sueños de colegio: había estado en él hasta hacía poco, estudiando lecciones como una niña. Y Gurov pensó en su propia hija. Recordaba también su desconfianza, la timidez de su sonrisa y sus modales, su manera de hablar a un extraño. Debía ser ésta la primera vez en su vida que se encontraba sola, examinada con curiosidad e interés; la primera vez también que al dirigirse a ella creyó adivinar en las palabras de los demás secretas intenciones... Recordó su cuello esbelto y delicado, sus encantadores ojos grises.
«Algo hay de triste en esta mujer», pensó, y se quedó dormido.

2
Una semana había pasado desde que hicieron amistad. Era un día de fiesta. Dentro de las casas hacía bochorno, mientras que en la calle el viento formaba remolinos de polvo y tiraba el sombrero a los transeúntes. Era un día de sed, y Gurov entró varias veces en el pabellón y ofreció a Ana Sergeyevna jarabe y agua o un helado. Nadie sabía qué hacer.
Por la tarde, cuando el viento se calmó un poco, salieron a ver venir el vapor. Había muchas personas paseando por el puerto; se habían reunido para recibir a alguien y llevaban ramos de flores. Se notaban allí dos peculiaridades de la gente elegante de Yalta: las señoras mayores iban como muchachas y había muchos generales vestidos de uniforme.
A causa de lo alborotado que estaba el mar, el vapor llegó muy tarde, después de la puesta del sol, y tardó mucho tiempo en atracar al muelle. Ana Sergeyevna miró a través de sus impertinentes al vapor y a los pasajeros como esperando encontrar algún conocido, y al volverse hacia Gurov sus ojos brillaban. Habló mucho y preguntaba cosas desacordes, olvidando al poco rato lo que había preguntado; al hacer un movimiento con la mano dejó caer los impertinentes al suelo.
La gente empezaba a dispersarse; estaba demasiado oscuro para ver las caras de los que pasaban. El viento se había calmado por completo, pero Gurov y Ana Sergeyevna permanecían allí quietos como si esperasen ver salir a alguien más del vapor.
Ella olía en silencio las flores sin mirar a Gurov.
-El tiempo está mejor esta tarde -dijo él-. ¿Dónde vamos ahora?
Ella no contestó.
Entonces Gurov la miró intensamente, rodeó su cuerpo con el brazo y la besó en los labios, mientras respiraba la frescura y fragancia de las flores; luego miró a su alrededor ansiosamente, temiendo que alguien lo hubiese visto.
-Vamos al hotel -dijo él dulcemente. Y ambos caminaron de prisa.
La habitación estaba cerrada y perfumada con la esencia que ella había comprado en el almacén japonés. Gurov miró hacia Ana Sergeyevna y pensó: ¡Cuán distintas personas encuentra uno en este mundo! Del pasado, conservaba recuerdos de mujeres ligeras, de buen fondo algunas, que lo amaban alegremente agradeciéndole la felicidad que él podía darles, por muy breve que fuese; de mujeres, como la suya, que amaban con frases superfluas, afectadas, histéricas, con una expresión que hacía sospechar que no era amor ni pasión, sino algo más significativo; y de dos o tres más, hermosas, frías, en cuyos rostros sorprendió más de una vez destellos de rapacidad, el deseo obstinado de sacar de la vida aún más de lo que ésta podía darles. Eran mujeres irreflexivas, dominantes, faltas de inteligencia y de edad ya madura; cuando Gurov empezaba a mostrarse frío con ellas, esta misma hermosura excitaba su odio, figurándosele que los encajes con que adornaban su ropa eran para él escalas.
Pero en el caso actual sólo había la timidez de la juventud inexperta, un sentimiento parecido al miedo; y todo esto daba a la escena un aspecto de consternación, como si alguien hubiera llamado de repente a la puerta. La actitud de Ana Sergeyevna -«la señora del perrito»- en todo lo sucedido tenía algo de peculiar, de muy grave, como si hubiera sido su caída; así parecía, y resultaba extraño, inapropiado. Su rostro languideció, y lentamente se le soltó el pelo; en esta actitud de abatimiento y meditación se asemejaba a un grabado antiguo: La mujer pecadora.
-Hice mal -dijo-. Ahora usted será el primero en despreciarme.
Sobre la mesa había una sandía. Gurov cortó una tajada y empezó a comérsela sin prisa. Durante cerca de media hora ambos guardaron silencio.
Ana Sergeyevna estaba conmovedora; había en ella la pureza de la mujer sencilla y buena que ha visto poco de la vida.
La luz de la bujía iluminando su rostro mostraba, sin embargo, que se sentía desgraciada.
-¿Cómo es posible que yo llegara a despreciarla? -preguntó Gurov-. No sabe usted lo que dice.
-Dios me perdone -dijo ella; y sus ojos se llenaron de lágrimas-. Es horrible -añadió.
-Parece que necesita usted ser perdonada.
-¿Perdonada? No. Soy una mala mujer; me desprecio a mí misma y no pretendo justificarme. No es a mi marido, es a mí a quien he engañado. Y esto no es de ahora, hace mucho tiempo que me estoy engañando. Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo. Yo tenía veinte años cuando me casé con él. He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe de haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir. ¡Vivir! ¡Vivir!... La curiosidad me abrasaba... Usted no me comprende, pero le juro a Dios que llegó un momento en que no pude contenerme; algo fuera de lo corriente debió ocurrirme; le dije a mi marido que estaba mala y me vine aquí... Y aquí he estado vagando de un lado para otro como una loca..., y ahora me veo convertida en una mujer vulgar, despreciable, a quien todos mirarán mal.
Gurov se sintió aburrido casi al escucharla.
Le irritaba el tono ingenuo con que hablaba y aquellos remordimientos tan inoportunos; a no ser por las lágrimas hubiera creído que estaba representado una comedia.
-No la entiendo a usted -dijo dulcemente-. ¿Qué es lo que quiere?
Ella ocultó su rostro en el pecho de él estrechándolo tiernamente.
-Créame, créame usted, se lo suplico. Amo la existencia pura y honrada, odio el pecado. Yo no sé lo que estoy haciendo. La gente suele decir: «El demonio me ha tentado». Yo también pudiera decir que el espíritu del mal me ha engañado.
-¡Chis! ¡Chis!... -murmuró Gurov.
Después la miró fijamente, la besó, hablándole con dulzura y cariño, y poco a poco se fue tranquilizando, volviendo a estar alegre, y acabaron por reírse los dos. Cuando salieron afuera no había un alma a orillas del mar. La ciudad, con sus cipreses, tenía un aspecto mortuorio, y las olas se deshacían ruidosamente al llegar a la orilla; cerca de ella se balanceaba una barca, dentro de la que parpadeaba soñolienta una linterna.
Encontraron un coche y lo tomaron; fueron en dirección de Oreanda.
-Al pasar por el vestíbulo he visto su apellido escrito en la lista: Von Diderits -dijo Gurov-. ¿Su marido de usted es alemán?
-No; creo que su abuelo sí lo era, pero él es ruso ortodoxo.
En Oreanda se sentaron silenciosos en un sitio no lejos de la iglesia y mirando hacia el mar. Yalta apenas era visible a través de la bruma matinal; blancas nubes permanecían quietas en lo alto de las montañas. No se movía una hoja; en los árboles cantaban las cigarras, y sólo llegaba a ellos desde abajo el cavernoso y monótono ruido de las olas hablando de paz, de ese sueño eterno que a todos nos espera. Del mismo modo debía oírse cuando ni Yalta ni Oreanda existían; así se oye ahora, y se oirá con la misma monotonía cuando ya no vivamos. Y en esta constancia, en esta completa indiferencia para la vida y la muerte de cada uno de nosotros, ahí se oculta tal vez la garantía de nuestra eterna salvación, del movimiento incesante de la vida sobre el mundo, del progreso hacia la perfección. Sentado al lado de una mujer joven que en la luz del amanecer parecía tan encantadora, acariciada e idealizada por los mágicos alrededores -el mar, las montañas, las nubes, el cielo azul-, Gurov pensó lo hermoso que es todo en el mundo cuando se refleja en nuestro espíritu: todo, menos lo que pensamos o hacemos cuando olvidamos nuestra dignidad y los altos designios de nuestra existencia.
Un hombre pasó cerca de ellos -un guarda, probablemente-, los miró, y siguió adelante.
Y este detalle les parecía misterioso y lleno de encanto también. Luego vieron un vapor que venía de Teodosia, cuyas luces brillaban confundidas con las del amanecer.
-Hay gotas de rocío sobre la hierba -dijo Ana Sergeyevna después de un silencio.
-Sí. Es hora de volver a casa. Y se volvieron a la ciudad.
Desde entonces volvieron a verse todos los días a las doce; comían juntos, se paseaban, contemplaban el mar. Ella se quejaba de dormir mal, sentía palpitaciones en el corazón; le hacía las mismas preguntas, interrumpidas a veces por celos, otras por el miedo de que Gurov no la respetara bastante. Y a menudo, en los jardines, a orillas del agua, cuando se encontraban solos, él la besaba apasionadamente. Aquella vida reposada, aquellos besos en pleno día mientras miraba alrededor por temor de ser visto, el calor, el olor del mar y el continuo ir y venir de gente desocupada, perfumada, bien vestida, hicieron de Gurov otro hombre. Encontraba a Ana Sergeyevna hermosa, fascinadora, y así se lo repetía a ella. Se volvió impaciente y apasionado hasta el punto de no querer separarse de su lado, y ella, mientras tanto, seguía pensativa y continuamente le decía que no la respetaba bastante, que no la amaba lo más mínimo, y que seguramente pensaría de ella como de una mujer cualquiera. Todos los días a la caída de la tarde se iban en coche fuera de Yalta, a Oreanda o a la cascada, y estos paseos eran siempre un triunfo para ellos; la escena les impresionaba invariablemente como algo magnífico y hermosísimo.
Esperaban al marido, que debía venir pronto; pero un día llegó una carta en la que anunciaba que se encontraba mal y suplicaba a su esposa que volviera cuanto antes. Ana Sergeyevna se preparó, pues, a marcharse.
-Es una buena cosa el que yo me vaya -le dijo a Gurov-. «¡Es el dedo del destino!»
El día de la marcha, Gurov la acompañó en el coche. Cuando llegaron al tren y sonó la segunda campanada, Ana Sergeyevna le dijo:
-¡Déjame mirarte una vez más... otra vez! Así, ya está.
No lloraba, pero en su rostro se reflejaba tal tristeza que parecía enferma, los labios le temblaban.
-Me acordaré de ti siempre..., pensaré siempre en ti -dijo-. Que Dios te proteja; sé feliz. No pienses nunca mal de mí. Nos separamos para no volvernos a ver más; así debe ser, porque nunca debimos habernos encontrado. Que Dios sea contigo, adiós.
El tren partió rápido, sus luces desaparecieron pronto de la vista, y un minuto más tarde no se oía ni el ruido, como si todo hubiera conspirado para hacer terminar lo antes posible aquel dulce delirio, aquella locura. Solo, en el andén, mirando hacia donde el tren desapareció, Gurov escuchó el chirrido de las cigarras, el zumbido de los hilos del telégrafo, y le pareció que acababa de despertarse. Y meditó sobre este episodio de su vida que también tocaba a su fin, y del que sólo el recuerdo quedaba... Se sintió conmovido, triste y con remordimientos. Aquella mujer, que nunca más volvería a encontrar, no fue feliz con él, porque aunque la trató con afecto y cariño, hubo siempre en sus maneras, en sus caricias, una ligera sombra de ironía, la grosera condescendencia de un hombre feliz que, además, le doblaba la edad. Ana Sergeyevna lo llamó siempre bueno, distinto de los demás, sublime a veces...; constantemente se había mostrado a ella como no era en realidad, sin intención la había engañado.
Un vago perfume de otoño se dejaba ya sentir en la atmósfera, hacía una tarde fría y triste.
-Es hora de que me marche al Norte -pensó Gurov al dejar el andén-. ¡Sí, ya es hora!

3
En su casa de Moscú lo encontró todo en plan de invierno; las estufas estaban encendidas, y por las mañanas aún era oscuro cuando sus hijos tomaban el desayuno para irse al colegio, tanto que la niñera tenía que encender la luz un rato. Habían empezado las heladas. Cuando cae la primera nieve y aparecen los primeros trineos es agradable ver la tierra blanca, los blancos tejados, exhalar el tibio aliento, y la estación trae a la memoria los años juveniles. Las viejas limas y abedules, cubiertos de escarcha, tienen una expresión simpática y están más cerca de nuestro corazón que los cipreses y las palmas. Junto a ellos se olvidan el mar y las montañas.
Gurov había nacido en Moscú; llegó a él en un bello día de nieve, y al ponerse su abrigo de pieles y sus guantes, al pasearse por Petrovka, al oír el domingo por la tarde el sonido de las campanas, olvidó el encanto de su reciente aventura y del sitio que dejara. Poco a poco se absorbió en la vida de Moscú; leía con avidez los periódicos ¡y declaraba que los leía sin fundamento! En seguida sintió un deseo irresistible de ir a los restaurantes, a los clubes, a las comidas, aniversarios y fiestas; se sintió orgulloso de hablar y discutir con célebres abogados, con artistas, de jugar a las cartas con algún profesor en el club de doctores. Ya podía hasta comer un plato de pescado salado o una col...
Al cabo de un mes, le pareció que la imagen de Ana Sergeyevna había de cubrirse de una bruma en su memoria y visitarlo en sueños de cuando en cuando, con una sonrisa, como hacían otras. Pero pasó más de un mes, llegó el verdadero invierno, y recordaba todo aquello tan claramente como si se hubiera separado de Ana Sergeyevna el día antes. Estos recuerdos, lejos de morir, se avivaron con el tiempo. En la tranquilidad de la tarde, al oír las palabras de los niños estudiando en alta voz, el sonido del piano en un restaurante, o el ruido de tormenta que llegaba por la chimenea, volvía de repente todo a su memoria: lo ocurrido en el muelle la mañana de niebla junto a las montañas, el vapor que volvía de Teodosia y los besos. Gurov se levantaba entonces y paseaba por su habitación recordando y sonriendo; luego, sus recuerdos se convertían en ilusiones, y en su fantasía el pasado se mezclaba con el porvenir. Ana Sergeyevna no lo visitaba ya en sueños, lo seguía por todas partes como una sombra, como un fantasma. Al cerrar los ojos la veía como si estuviese viva delante de él, y Gurov la encontraba más encantadora, más joven, más tierna de lo que en realidad era, imaginándosela aún más hermosa de lo que estaba en Yalta. Por la tarde, Ana Sergeyevna lo miraba desde el estante de los libros, desde el hogar de la chimenea; desde cualquier rincón oía su respiración y el roce acariciador de sus faldas. En la calle miraba a todas las mujeres buscando alguna que se pareciese a ella.
Un deseo intenso de comunicar a alguien sus ideas lo atormentaba. Pero en su casa era imposible hablar de su amor, y fuera de ella tampoco tenía a nadie; ni a sus compañeros de oficina ni a ninguno en el banco podía contárselo. ¿De qué iba a hablar entonces? Pero ¿es que había estado enamorado? ¿Hubo algo de poético, de edificante, simplemente de interés en sus relaciones con Ana Sergeyevna? Y todo se le volvía hablar vagamente de amor, de mujer, y nadie sospechaba nada; sólo su esposa fruncía el entrecejo y decía:
-No te va el papel de conquistador, Dimitri.
Una tarde, al volver del club de doctores con un oficial, con el que había estado jugando a las cartas, no se pudo contener y le dijo:
-¡Si supieras la mujer tan fascinadora que conocí en Yalta!
El oficial entró en su trineo, y se iba ya, pero se volvió de pronto exclamando:
-¡Dmitri Dmitrich!
-¿Qué?
-¡Tenías razón esta tarde: el esturión era demasiado fuerte!
Aquellas palabras tan corrientes llenaron a Gurov de indignación, encontrándolas degradantes y groseras. ¡Qué modo tan salvaje de hablar! ¡Qué noches más estúpidas, qué días más faltos de interés! El afán de las cartas, la glotonería, la bebida, el continuo charlar siempre sobre lo mismo. Todas estas cosas absorben la mayor parte del tiempo de muchas personas, la mejor parte de sus fuerzas, y al final de todo eso, ¿qué queda?: una vida servil, acortada, trivial e indigna, de la que no hay medio de salir, como si se estuviera encerrado en un manicomio o una prisión.
Gurov no durmió en toda la noche, tan lleno de indignación estaba. Al día siguiente se levantó con dolor de cabeza. Y a la otra noche volvió a dormir mal; se sentó en la cama, pensando; luego se levantó y empezó a pasearse por la habitación. Estaba harto de sus hijos, del banco, y sin ganas de ir a ningún sitio ni de ver a nadie.
En las vacaciones de diciembre se preparó para un viaje; le dijo a su mujer que iba a San Petersburgo a un asunto de un amigo y se marchó a S. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía. Sentía necesidad de ver a Ana Sergeyevna y de hablarle; a ser posible, arreglar una entrevista con ella.
Llegó a S. por la mañana y tomó el mejor cuarto del hotel; un cuarto con una alfombra gris en el suelo, y un tintero gris de polvo sobre la mesa, adornado con una figura a caballo que tenía el sombrero en la mano. El portero del hotel le informó necesariamente: Von Diderits vivía en una casa de su propiedad en la calle antigua de Gontcharny; no estaba lejos del hotel. Era rico y vivía a lo grande, tenía caballos propios; todo el mundo lo conocía en la ciudad. El portero pronunciaba «Dridirits».
Gurov se encaminó sin prisa a la calle de Gontcharny y encontró la casa. Enfrente de ella se extendía una larga valla gris adornada con clavos.
-Dan ganas de echar a correr al ver este demonio de valla -pensó Gurov, mirando desde allí a las ventanas de la casa y viceversa.
Luego recapacitó: era día de fiesta y probablemente el marido estaría en casa. De todos modos era una falta de tacto entrar en la casa y sorprenderla. Si le mandaba una carta, podía caer en manos del esposo y todo se echaría a perder. Lo mejor de todo era esperar una ocasión, y empezó a pasearse arriba y abajo por la calle esperando esa ocasión. Vio a un mendigo que se acercaba a la verja y a unos perros que salieron a ladrarle; una hora más tarde oyó débil e indistinto el sonido de un piano. Ana Sergeyevna debía tocar probablemente. De repente, se abrió la puerta, y una mujer vieja, acompañada del blanco y familiar pomeranio, salió de la casa. Gurov estuvo a punto de llamar al perro, pero empezó a latirle violentamente el corazón, y en su excitación no pudo recordar el nombre.
Siguió paseándose y midiendo la empalizada gris una y otra vez, y entonces le dio por pensar que Ana Sergeyevna lo había olvidado y se estaba a aquellas horas divirtiendo con otro, lo cual, al fin y al cabo, era natural en una mujer joven, que no tenía otra cosa que mirar desde por la mañana hasta la noche más que aquella condenada valla. Se volvió a su cuarto del hotel y estuvo largo rato sentado en el sofá sin saber qué hacer; luego comió y durmió bastante tiempo.
-¡Qué estúpido! -exclamó al despertarse y mirar por la ventana-. Sin venir a qué, me he quedado dormido y ahora ya es de noche; ¿qué hago?
Se sentó en la cama, que estaba cubierta por una colcha gris como las de los hospitales, y empezó a burlarse de sí mismo; sentía un fastidio terrible.
-¡Al diablo la señora del perro y la dichosa aventura! En buen lío te has metido, Gurov...
Aquella mañana le había llamado la atención un cartel con letras muy grandes. La Geisha iba a ser representada por primera vez. Al recordar esto, se vistió y se marchó al teatro.
-Es posible que ella vaya a la primera representación -pensó.
El teatro estaba lleno. Como en todos los de provincia, había una atmósfera muy pesada, una especie de niebla que flotaba sobre las luces; por las galerías se oía el rumor de la gente; en la primera fila, los pollos elegantes de la localidad estaban de pie mirando a la gente, antes de levantarse el telón. En el palco del gobernador, su hija, adornada con una boa, ocupaba el primer sitio, mientras que él, oculto modestamente detrás de la cortina, sólo dejaba visible las manos. La orquesta empezó a afinar los instrumentos; el telón se levantó.
Seguía entrando gente que iba a ocupar sus sitios, y Gurov los miraba uno a uno con ansia.
Ana Sergeyevna llegó también. Se sentó en la tercera fila y Gurov sintió que su corazón se contraía al mirarla; comprendió entonces claramente que para él no había en todo el mundo ninguna criatura tan querida como aquélla; aquella mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes, llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era. Pensó, y soñó...
Un hombre joven, con patillas, alto y encorvado, llegó con Ana Sergeyevna y se sentó a su lado; inclinaba la cabeza a cada paso y parecía estar continuamente haciendo reverencias. Debía ser sin duda el esposo, que una vez en Yalta, en una exclamación de amargura llamó ella lacayo; sonreía almibaradamente y en el ojal de la chaqueta llevaba una insignia o distinción que recordaba el número de un criado.
En el primer descanso el marido se salió fuera a fumar y Ana Sergeyevna se quedó sola en su butaca. Gurov se acercó a ella y con voz temblorosa y una sonrisa forzada le dijo:
-Buenas noches.
Al volver la cabeza y encontrarse con él, Ana Sergeyevna se puso intensamente pálida, lo miró otra vez, horrorizada casi, y estrujó el abanico y los impertinentes entre las manos como luchando para no desmayarse. Los dos guardaban silencio. Ella seguía sentada, él de pie, asustado por la confusión que su presencia le produjo, y no atreviéndose a sentarse a su lado.
Los violines y la flauta empezaron a sonar, y de repente Gurov sintió como si de todos los palcos los estuvieran mirando. Ana Sergeyevna se levantó, marchando rápida hacia la puerta; siguió él, y ambos empezaron a andar sin saber adónde iban, a través de pasillos, bajando y subiendo escaleras, viendo desfilar ante sus ojos uniformes escolares, civiles, militares, todos con insignias. Al pasar, veían señoras, abrigos de piel colgados en las perchas, y el aire les traía olor a tabaco viejo. Y Gurov, cuyo corazón latía con violencia, pensó:
«¡Cielos! ¿Para qué habrá aquí esta gente y esa orquesta?»
Y recordó en aquel instante cuando, después de marcharse Ana Sergeyevna de Yalta, creyó él que todo había terminado y que no volverían a encontrarse más. Pero ¡cuán lejos estaban del final!
Al pie de una escalera estrecha y sombría, sobre la que se leía: «Paso al anfiteatro», se pararon.
-¡Cómo me has asustado! -exclamó ella sin respiración casi, todavía pálida y como agobiada-. ¡Oh, cómo me has asustado! Estoy medio muerta. ¿Por qué has venido? ¿Por qué?...
-Pero escúchame, Ana, escúchame... -repetía Gurov rápidamente y en voz baja-. Te suplico que me escuches...
Ella lo miraba con temor mezclado de amor y de súplica; lo miraba intensamente como si quisiera grabar sus facciones más profundamente en su memoria.
-¡Soy tan desgraciada! -siguió diciendo sin escucharle-. No he hecho más que pensar en ti todo el tiempo; no vivo más que para eso. Y, sin embargo, necesitaba olvidar, olvidar; pero ¿por qué?, ¡ah!, ¿por qué has venido?...
En el piso de arriba dos colegiales fumaban mirando hacia abajo, pero a Gurov no le importaba nada; atrayendo hacia sí a Ana Sergeyevna empezó a besarle la cara, las mejillas y las manos.
-¡Qué estás haciendo, qué estás haciendo! -gritaba ella con horror apartándolo de sí-. Estamos locos. Vete; vete ahora mismo... Te lo pido por lo que más quieras... Te lo suplico... ¡Que viene gente!
Alguien subía por las escaleras.
-Es preciso que te vayas -siguió diciendo Ana Sergeyevna, y su voz parecía un susurro-. ¿Oyes, Dmitri Dmitrich? Iré a verte a Moscú. Nunca he sido feliz; ahora lo soy menos todavía, ¡y nunca, nunca seré dichosa!... No me hagas sufrir más. Te juro que iré a Moscú. Pero ahora separémonos, mi amado Gurov, no hay más remedio.
Estrechó su mano y empezó a bajar las escaleras muy de prisa volviendo atrás la cabeza; y en sus ojos pudo ver él que realmente era desgraciada. Gurov esperó un poco más, escuchó hasta que dejó de oírse el rumor de sus pasos, y entonces fue a buscar su abrigo v se marchó del teatro.

4
Y Ana Sergeyevna empezó a ir a verlo a Moscú. Cada dos o tres meses abandonaba S. diciendo a su esposo que iba a consultar a un doctor acerca de un mal interno que sentía. Y el marido le creía y no le creía. En Moscú paraba en el hotel del Bazar Eslavo, y desde allí enviaba a Gurov un mensajero con una gorra encarnada. Gurov la visitaba y nadie en Moscú lo sabía.
Una mañana de invierno se dirigía hacia el hotel a verla (el mensajero llegó la noche anterior). Iba con él su hija, a quien acompañaba al colegio. La nieve caía en grandes copos blancos.
-Hay tres grados sobre cero y, sin embargo, nieva -dijo Gurov a su hija-. Sólo hay deshielo en la superficie de la tierra; a mucha más altura de la atmósfera la temperatura es distinta completamente.
-¿Y por qué no hay tormentas en invierno, papá?
Y le explicó esto también.
Hablaba pensando que iba a verla a «ella», que nadie lo sabía y probablemente no se enterarían nunca. Tenía dos vidas: una franca, abierta, vista y conocida de todo el que quisiera, llena de franqueza relativa y relativa falsedad, una vida igual a la que llevaban sus amigos y conocidos; y otra que se deslizaba en secreto. Y a través de circunstancias extrañas, quizá accidentales, resultaba que cuanto había en él de verdadero valor, de sinceridad, todo lo que formaba el fondo de su corazón estaba oculto a los ojos de los demás; en cambio, cuanto había en él de falso, el estuche en que solía esconderse para ocultar la verdad -como, por ejemplo, su trabajo en el banco, sus discusiones en el club, aquello de la «raza inferior», su asistencia acompañado de su mujer a aniversarios y fiestas-, todo eso lo hacía delante de todo el mundo. Desde entonces juzgó a los otros por sí mismo, no creyendo en lo que veía y pensando siempre que cada hombre vive su verdadera vida en secreto, bajo el manto de la noche. La personalidad queda siempre ignorada, oculta, y tal vez por esta razón el hombre civilizado tiene siempre interés en que sea respetada.
Después de dejar a su hija en el colegio, Gurov se dirigió al Bazar Eslavo. Se quitó abajo el abrigo de pieles, subió las escaleras y llamó a la puerta. Ana Sergeyevna, vestida con su traje gris favorito, exhausta por el viaje y la espera, lo aguardaba desde la noche anterior. Estaba pálida; lo miró sin sonreír, y apenas había entrado se arrojó en sus brazos. Fue su beso lento, prolongado, como si hiciera años que no se veían.
-Y bien, ¿qué tal lo vas pasando allí? -preguntó Gurov-. ¿Qué noticias traes?
-Espera; ahora te contaré..., no puedo hablar.
Y no podía; estaba llorando. Se volvió de espaldas a él llevándose el pañuelo a los ojos.
«La dejaremos llorar. Me sentaré y esperaré», pensó Dmitri; y se sentó en una butaca.
Mientras tanto, llamó al timbre y pidió que le trajeran té. Ana Sergeyevna seguía de espaldas a él mirando por la ventana. Lloraba de emoción, al darse cuenta de lo triste y dura que era la vida para ambos; sólo podían verse en secreto, ocultándose de todo el mundo, como ladrones. Sus vidas estaban destrozadas.
-¡Ven, cállate! -dijo Gurov.
Para él era evidente que aquel amor tardaría mucho en acabarse; que no podía encontrarle fin. Ana Sergeyevna cada vez lo quería más. Lo adoraba y no había que pensar en decirle que aquello se acabaría alguna vez; por otra parte, no lo hubiera creído.
Se levantó a consolarla con alguna palabra de cariño, apoyó las manos en sus hombros y en aquel momento se vio en el espejo.
Empezaba a blanquearle la cabeza. Y le pareció raro haber envejecido tan rápida y tontamente durante los últimos años. Aquellos hombros sobre los que reposaban sus manos eran jóvenes, llenos de vida y calor, temblaban.
Sintió compasión por aquella vida todavía tan joven, tan encantadora, pero probablemente no lejos de marchitarse como la suya. ¿Por qué lo amaba ella tanto? Siempre había parecido a las mujeres distinto de como era en realidad; amaban, no a él mismo, sino al hombre que se habían forjado en su imaginación, a aquel a quien con ansia buscaran toda la vida; y después, al notar su engaño, lo seguían amando lo mismo. Sin embargo, ninguna fue feliz con él. El tiempo pasó, hizo amistad con ellas, vivió con algunas, se separó luego, pero nunca había amado; sería lo que quisiera, pero no era amor.
Y he aquí que ahora, cuando su cabeza empezaba a blanquear, se había realmente enamorado por primera vez en su vida.
Ana Sergeyevna y él se amaban como algo muy próximo y querido, como marido y mujer, como tiernos amigos; habían nacido el uno para el otro y no comprendían por qué ella tenía un esposo y él una esposa. Eran como dos aves de paso obligadas a vivir en jaulas diferentes. Olvidaron el uno y el otro cuanto tenían por qué avergonzarse en el pasado, olvidaron el presente, y sintieron que aquel amor los había cambiado.
Otras veces, en momentos de depresión moral, Gurov se había reconfortado a sí mismo con razonamientos de alguna clase; pero ahora no le preocupaban estas cosas; sentía profunda compasión, necesidad de ser sincero y tierno...
-No llores, querida -le dijo-. Ya has llorado bastante, vamos... Ven y hablaremos un poco, arreglaremos algún plan.
Entonces discutieron sobre la necesidad de evitar tanto secreto, el tener que vivir en ciudades diferentes y verse tan de tarde en tarde. ¿Cómo librarse de aquel intolerable cautiverio?...
-¿Cómo? ¿Cómo? -se preguntaba Gurov con la cabeza entre las manos-. ¿Cómo?...
Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar.

viernes, 23 de enero de 2009

Mejor libro... mejor película

Hace un mes, haciendo escala en Santiago rumbo a Buenos Aires, me enteré en el aeropuerto de los sorprendentes resultados de una encuesta: la gente sigue prefiriendo leer libros antes que navegar por internet o recorrer las tiendas durante una larga espera entre país y país. Por eso les está yendo de maravillas a las librerías de los aeropuertos, aunque recarguen los precios hasta en un 20 %. Ya en el aire, podemos elegir entre varias películas de estreno, entre ellas, las nominadas. Por supuesto no es lo mismo ir en bus que ir en avión. En bus no puedes elegir: es Van Damme o Jackie Chan. Y punto.
Dos nominadas a mejor película para el Oscar 2009 partieron de relatos excelentes, de esos que se pueden leer en largas esperas o a pedacitos entre el trabajo, el baño y la cocina. Y estas películas se ven ahora en los aviones.


El curioso caso de Benjamin Button, dirigida por David Fincher (Seven, El club de la pelea), parte de un relato corto de Scott Fitzgerald, de la premisa de vivir la vida de atrás para adelante, de vivir primero y aprender después. La película dura casi 3 horas y aunque los artificios técnicos alcanzan la magia como en Big Fish y Brad Pitt se esfuerza y Cate Blanchett brilla, la historia se va hundiendo lentamente como el barco en que viaja el protagonista. ¿Por qué? Porque el guión no indaga en la premisa, sino en las sensaciones.

The Reader, novela del escritor alemán Bernhard Schlink, es adaptada al cine por Stephen Daldry, con esa misma sabiduría y contención que manifestó en Billy Elliot y Las Horas. Una película, hay que decirlo, que apuesta a ganador, no porque manipula, sino porque conmueve. Entender aquello que nos rodea y que influye el transcurso de nuestra existencia, el contexto en que crecemos y creemos, en aprendizajes a través de las historias vividas, leídas por otros y por nosotros mismos, el holocausto al fin y al cabo del amor mismo.
Ya no son los violines de Philip Glass, que acompañaban el fluir de Las Horas, sino los sonidos de Nico Muhlu, uno de los aprendices de Glass. Una película con una banda sonora tan hermosa como ella. Un libro para leerlo con esa misma música de fondo.

jueves, 22 de enero de 2009

Remembering Virginia

Este domingo se cumplen 127 años del nacimiento de Virginia Woolf. Esta semana he leído dos libros sobre ella. Uno, la recopilación de sus memorias (que ella nunca supo que se convertirían en libro), Momentos de vida, y el otro, Las horas, de Michael Cunningham (Las horas es un homenaje a Mrs. Dalloway, que originalmente iba a llamarse así). Si algo sé de Virginia Woolf es que se mató en marzo del 41 ahogándose en las aguas del río Ouse. Había puesto una piedra en el bolsillo de su abrigo. No sé cuándo me aprendí ese dato. Hubo un tiempo en que ella temía al suicidio.

Esta es la nota de suicidio que le dejó a su esposo Leonard. ¿Puedo decir que es una hermosa nota de suicidio?

Mi querido:
Siento con absoluta seguridad que me estoy volviendo loca de nuevo; siento que no puedo volver a pasar por estos momentos terribles. Y no podré recuperar este momento. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Así que voy a hacer lo que creo mejor. Me has dado toda la felicidad posible. Lo has sido todo para mí. No creo que haya habido dos personas más felices que nosotros, hasta que llegó esta terrible enfermedad. No puedo luchar más, sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás lo sé. Como verás ni siquiera puedo escribir esto bien. No puedo leer. Lo que quiero decirte es que te debo toda la felicidad que ha habido en mi vida. Has sido completamente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que... todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme, ese habrías sido tú. Todo se aleja de mí excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida. No creo que haya habido dos personas más felices que nosotros.
V.

En su texto, Apunte del pasado del libro de memorias mencionado, escribe lo siguiente, muchos años antes de meterse la piedra al bolsillo:
"Una noche estábamos esperando la cena cuando oímos que mi padre o mi madre decían que el señor Valpy se había matado. Lo siguiente que recuerdo es estar de noche en el jardín, caminando por el sendero que pasaba junto al manzano. Tuve la impresión de que el manzano estuviera relacionado con el horror del suicidio del señor Valpy. No pude pasar junto al manzano. Me quedé allí, con la vista fija en las arrugas de color gris verdoso de la corteza -era noche de luna-, en un trance de horror. Tuve la impresión de ser arrastrada, sin poderlo evitar, al fondo de un pozo de absoluta desesperación, del que no podía escapar. Tenía el cuerpo como paralizado".

Arrancó la Feria del Libro de Trujillo


Hoy comenzó con muchísima expectativa y gran afluencia de visitantes la cuarta feria del libro de Trujillo que irá hasta el 1 de febrero en el Complejo Mansiche. El programa completo en: http://www.ferialibrotrujillo.com/programa.php

Imperdible será la conferencia magistral que dictará Vargas Llosa el 23 de enero en Huanchaco "Los secretos de un novelista".

Esta es la lista de autores peruanos invitados:

Aldo MiyashiroAldo PancorvoAldo PanfichiAlfonso Cisneros CoxAlonso CuetoÁngel CalvoÁngel HoyosAntonio CisnerosArmando ÁlvarezAugusto RubioBeatriz BozaBeatriz MerinoBeatriz RamírezBethoven MedinaBeto OrtizBilly HareBlasco BazánCarlos D’angeloCarlos MasaCarlos MendozaCarlos RengifoCésar BedónCésar ElejaldeCésar GutiérrezCésar HildebrantCésar SánchezCharo HerráezClaudia Cabieses Guerra-PérezClea GuerraDenisse Vega FarfánDick BornhorstDoris MoromisatoEber CabanillasEdgar WildeErnesto YépézEugenio GoyaFernando CuetoFernando VillaránFrancisco San MartínGabriela VirreyraGerardo TemocheGiovanna PollaroloGonzalo Del RosarioGustavo RodríguezHarold AlvaHermanas PazHugo TumbaIsaac GoldembergÍtalo MoralesIván ThaysJaime VásquezJorge BruceJorge CoaguilaJorge Díaz HerreraJorge Eslava CalvoJorge PimentelJorge TorresJorge TumeJosé María SalcedoJosué AguirreJuan Carlos De La FuenteJuan Félix CortésJuan Luis DammertJulia Wong KcomtJulio GallegosJulio HeviaJulio VillanuevaLuis Alva CastroLuis Carlos VassalloLuis Eduardo GarcíaLuis GilLuis MirandaManuel HerranManuel LiendoMarco Antonio Corcuera (Homenaje)María Julia LunaMarita TroianoMauricio FernandiniMiguel GutiérrezMiluska Olguín De HallModesto Chacón MattosNano Guerra GarcíaOfelia LazoOscar RamírezPepe Cabana Kojachi Mukashi MukashiPercy VilchezRafael FloriánRafael Roque RebazaRafo LeónRamiro MendozaRaúl PastorRaúl TolaRenato CisnerosRenzo BabiloniaRicardo AyllónRoger Li MauRubén SilvaSegifredo LuzaSergio BambarénSergio VilelaTeodoro Rivero AyllónTeresina Muñoz NajarVanessa MartínezVíctor Andrés PonceVirginia VargasWilfredo ArditoWilliams LópezWilly Del PozoYolanda Rodríguez

miércoles, 21 de enero de 2009

Dos de Pavese

En una librería de viejo de Buenos Aires me reeencontré en diciembre pasado con Cesare Pavese. El libro es Poemas inéditos - poemas elegidos, editado por Librerías Fausto, con traducción y prólogo de Horacio Armani y notas de Italo Calvino. Este conjunto de poemas los escribió Pavese luego de una crisis amorososa y creativa. Dijo que había "rozado la poesía-desahogo y vencido". En esta edición de 1975 aparecían por primera vez en castellano 29 poemas inéditos rescatados por Calvino. Aquí podemos encontrar dos:


POEMAS INÉDITOS
SUEÑO

¿Aún se ríe tu cuerpo a la sutil caricia
de la mano o del aire, y reencuentra en el aire
otros cuerpos, a veces? Tantos de ellos retornan
de un temblor en la sangre, de una nada. Hasta el cuerpo
que se tendió a tu lado te busca en esa nada.

Era un juego voluble pensar que alguna vez
la caricia del aire podría resurgir
como súbito recuerdo en la nada. Tu cuerpo
se habría despertado una mañana, amoroso
de su misma tibieza, bajo el alba desierta.
Un agudo recuerdo te hubiera recorrido
y una sonrisa aguada. ¿Aquel alba no vuelve?

Y se hubiera estrechado a tu cuerpo en el aire
esa fresca caricia, en la íntima sangre,
y hubieras comprendido que aquel tibio momento
respondía en el alba a un temblor diferente,
un temblor de la nada. Tú lo hubieras sabido
como un día lejano supiste que un cuerpo
estaba tendido a tu lado.

Levemente dormías
bajo un aire riente de frágiles cuerpos,
amante de una nada. Y la aguda sonrisa
te recorrió abriéndote los ojos asombrados.
¿No ha vuelto nunca más, de la nada, aquel alba?

POEMAS ELEGIDOS
MAÑANA

La ventada entornada contiene un rostro
sobre el campo del mar. Los vagos cabellos
acompañan el tierno ritmo del mar.

Los recuerdos no existen sobre este rostro.
Sólo una sombra que huye, como de nube.
La sombra es húmeda y dulce como la arena
de una cavidad intacta, bajo el crepúsculo.
No hay recuerdos. Solamente un susurro
que es la voz del mar hecha recuerdo.

En el ocaso el agua débil del alba
que se embebe de luz aclara el rostro.
Cada día es un milagro sin tiempo
bajo el sol: una luz salobre lo impregna
y un sabor de fruto marino vivo.
No existen recuerdos sobre este rostro.

No existe una palabra que lo contenga
o una a las cosas pasadas. Ayer
se esfumó de la breve ventana como
se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza
ni palabras humanas sobre el campo del mar.

lunes, 19 de enero de 2009

Los vivos y los muertos


Ocho novelas y tres libros de cuentos. Edmundo Paz Soldán, joven y creador y prolífico, publicará vía Alfaguara Los vivos y los muertos, que se podrá encontrar desde febrero en las librerías de Bolivia, España y Estados Unidos. Aunque en Perú todavía tendremos que esperar un tiempo más para leerla, podemos disfrutar su impactante primer capítulo:

La luz del semáforo está en rojo. El cielo gris, encapotado, opresivo, parece a punto de deshacerse sobre nuestras cabezas. El frío llegó hace un par de días a Madison y no se irá hasta dentro de seis meses. Ocurre cada año, la segunda semana de octubre, el sol que de pronto desaparece, el aire sombrío que se instala en el pueblo, las calles que se vacían, la escarcha en la madrugada. Uno debe, ahora, buscar calor donde pueda.Amanda dijo que quería mostrarme algo. Qué, le pregunté. Y ella se rió con esa risa que invita a pensar en la forma en que se revienta un durazno cuando está maduro y uno hiende los dedos en su piel. Ven, dijo, estoy sola, y colgó.
Me metí dos Starburst a la boca. Eran las tres y cuarto de la tarde. La noche anterior había prometido no volver a hacerlo. Pero en ese instante, sin darme cuenta, con el celular en la mano, creyendo que todavía no sabía si iría, que era capaz de tomar decisiones contrarias a las que Amanda había tomado por mí, me dirigí hacia el cuarto de Jeremy, a cerciorarme de que estaba distraído, de que no saldría detrás de mí, no me seguiría.
Mi hermano se encontraba frente a la computadora, guiando a su avatar en uno de los mundos de Linaje. Una valkiria caminaba por la pantalla, la espada en la mano, toda pixel y convicción. Siempre me había parecido extraño que, a la hora de elegir otra identidad con la cual pasar un par de horas en la pantalla, Jeremy eligiera a una mujer. Me pregunté qué dirían nuestros compañeros en el equipo. Un poco raro, quizás, pero nada del otro mundo ya que su hombría estaba bien probada: Jeremy era el que más hablaba de mujeres y sexo en los vestuarios, el de la colección de revistas y DVDs porno, el de las interminables conquistas. Más extraño e imposible de justificar hubiera sido encontrarme con fotos de Jem vestido con ropa interior de mujer (como las fotos de papá que descubrí y rompí años atrás). La luz del semáforo ha cambiado al verde; continúo mi camino, acelero. Algunas hojas otoñales se posan en la ventana delantera del Corolla. Por la acera caminan en fila india los niños de una guardería, uno agarrado de la mano del otro. Los hay rubios, latinos, negros, de rasgos asiáticos: podrían servir para un afiche de Benetton. Hay incluso uno retardado, conmovedora la forma en que camina, como si la pierna izquierda no supiera lo que hace la derecha ni tampoco le interesara. Las dos señoras que los acompañan están excedidas de peso. Se me cruza por la mente la imagen de Jenny, regordeta, sonriente, en esa casa invadida por termitas que fue mi primera guardería. Jenny tenía siempre el televisor encendido y dejaba que sus sobrinos, mayores que nosotros, nos enseñaran juegos violentos en su Nintendo y con sus Power Rangers. Por eso todos los niños la queríamos; por eso nuestros padres no la toleraban más de lo necesario.
Amanda, espérame, ya llego.
Desde el umbral de la puerta de su cuarto observé a Jeremy sin que él se diera cuenta de mi presencia, o acaso hacía como que no se había dado cuenta, solía ocurrir, no debía ser difícil cansarse a ratos del hermano menor –dos minutos menor-, querer algo de independencia.
Estoy saliendo, dije, usaré el auto.
OK, dijo sin verme.
Qué intensidad para esos juegos; decía que lo ayudaban a desarrollar un pensamiento estratégico, le servían para ser un mejor quarterback. Una excusa sofisticada, había pensado cuando lo escuché, típica de Jem. A mí sólo me interesaban los juegos de deportes. Madden, por ejemplo. O Winning Eleven.
¿Sabía? No, pero acaso lo intuía de una manera que no podía explicarse en palabras. Era así entre los dos, yo creía adivinar lo que él pensaba o sentía aunque me costara decir de qué se trataba.
Había sido culpa suya. Hacía cuatro años él ya era popular y yo, más bien tímido, no me animaba a hablar con las chicas. Un día me pidió un favor. Estábamos en las duchas después de una práctica; él tenía el pelo mojado y había espuma en su pecho, yo me secaba con una toalla roja con el logo de los Madison Bears. Jem había quedado en visitar a Lucy pero no tenía ganas de hacerlo. Me dijo que fuera en su lugar, Lucy no lo notaría, nadie lo notaba, éramos dos gotas de agua, teníamos el mismo tono de voz, el mismo corte de pelo, los mismos gestos. Nos confundían en el colegio, en las fiestas. Sí, le dije, pero mi carácter es diferente. Sí, dijo Jeremy, pero me conoces de memoria, no te costará nada responder como lo haría yo.
Lucy era morena y tenía los ojos color miel. Su sentido del humor la había hecho popular, era de las que les ponía apodos a los profesores; la de Química, con sus faldas apretadas y andar felino, era la Tigresa. El Principal, Mister Tibbits, la nariz con una pelota en la punta y esa risa exagerada fuera de lugar, una risa que no iba con el mal humor que revelaba su ceño fruncido, era Rusty the Clown. Su columna semanal en el Believer me hacía reír, trataba de las desventuras de una quinceañera en un mundo cada vez más dominado por… mujeres. Lo que me pedía Jem no era un sacrificio.
Nos fue tan bien que se convirtió en una tradición. Jem las seducía, y luego de un par de meses, cuando la relación mostraba señales de agotamiento, me ofrecía que lo reemplazara. Me acostumbré a no iniciar nada por cuenta propia, a esperar a que Jem decidiera con quién me tocaría salir. Yo no duraba mucho con ellas, ya la relación había ingresado en la recta final, pero al menos me divertía un par de semanas. Hubo sospechas, pero no las suficientes como para descarrilar nuestro arreglo. Había estudiado los manerismos de Jem, la forma en que gesticulaba con las manos al hablar, los Starburst y Raisinets que no cesaba de meterse a la boca. Incluso le copiaba la forma de vestirse, las ajustadas poleras grises de Abercrombie o Hollister, los jeans negros Banana Republic (boot cut!), los shorts Puma holgados y hasta la rodilla. A veces me miraba en el espejo y me decía, yo soy él, ¿o es él yo? ¿O somos uno los dos?
Katja, la holandesa de intercambio, nos descubrió, pero por suerte se iba pronto. Ella era avezada en ciertas materias, y la noche antes de su partida compramos su silencio haciendo realidad su fantasía: acostarse con los dos hermanos al mismo tiempo. Jem y yo, desnudos, nos mirábamos en la cama del cuarto de Katja, vigilados desde el techo por una gigantografía de la selección holandesa de fútbol, tan naranja su destino, y nos esforzábamos por contener la risa.
Todo siguió igual hasta que me enamoré de Amanda, la hija menor de nuestro popular coach. Tenía quince años, estaba un curso menos que nosotros. Había llegado al colegio como un chica con pechos planos, frenillos y faldas largas. Me había fijado en ella, en su rostro redondo y agraciado, en la forma en que caminaba por los pasillos en línea recta, como en una pasarela imaginaria; había intercambiado un par de miradas intensas y continuado mi camino. A los seis meses, su cuerpo explotó. Fue aceptada como cheerleader y todos los del equipo nos alegramos. El problema era que Jem todavía no le había dado su sello de aprobación. Y yo, incapaz de tomar la iniciativa, esperaba a que Jem lo hiciera.
¿Se animaría? Había que tener mucho cuidado, portarse bien con ella. El coach, mister Walters –you can call me Don--, era unos de esos seres extraños que no se inmutan ante casi nada –“no se preocupen muchachos, perdimos 23-0 aunque pudo ser 23-3, la siguiente les ganamos”--, pero tenía un punto débil: era un enfermo de celos a la hora de lidiar con los pretendientes de sus hijas. Sólo hablar de ellas hacía que se pasara la lengua por los gruesos bigotes, como relamiéndose ante la posibilidad de salir a la defensa de sus niñas. Circulaba una historia desagradable acerca de un novio de Christine, la hija mayor (bueno, no tan mayor: le llevaba apenas diez meses, de hecho estaban en el mismo curso).
Jem se animó. Salió con Amanda y me alegré, aunque intenté no pensar mucho en la forma en la que él trataría, en el auto, en la puerta de su casa, al despedirse, de acariciarle los pechos como al descuido, maniobra que le había dado tantos resultados positivos que hablaba de patentarla algún día. ¿Y si te dice no, qué te crees?, le preguntaba yo, miedoso. Está bien si te dice no, contestaba, you have to get the nos out of the way. Debía convertir derrotas en posibles triunfos. Puertas cerradas en horizontes que se abrían, infinitos. Yo tartamudeaba y trastabillaba ante tanta verdad incuestionable.
Ocurrió lo de siempre. A la segunda semana, ya me había pedido reemplazarlo para que la llevara a tomar helados a Sundae Inventors. Pero luego no me volvió a pedir ayuda. Yo esperaba impaciente, recordando la conversación que ella y yo habíamos tenido mientras compartíamos un batido de chocolate, algo sobre estrellas que nos guían desde la inmensidad del cielo, almas gemelas que vagan en el ancho mundo, extraviadas, pero que saben reconocerse al instante.
Pasaron tres meses. Le pregunté a Jem qué había pasado con nuestro trato. Hermano, me dijo, creo que Amanda es the real thing. Estuve de mal humor durante un par de días.Voy llegando a la avenida Dewey, una canción de Snow Patrol en la radio, Please don’t go crazy if I tell you the truth. El semáforo está en verde. Acelero. Pasan a mi lado, fugaces, SunTan --donde las cheerleaders se broncean--, una tienda de juguetes y comida para perros –Virginia Woof--, una Rite Aid que siempre está vacía, una desangelada sucursal de Wells Fargo.En los entrenamientos había visto que Amanda, desde el borde de la cancha, en su minifalda roja y polera blanca, me sonreía, me seguía con la mirada, mis ojos perdidos en el casco, mi cuerpo escondido entre los paddings que utilizábamos para amortiguar los golpes. Yo me acercaba al borde con alguna excusa, secarme el sudor del rostro con una toalla, tomar un sorbo de mi Gatorade. ¿Me estaba comparando con Jem? O quizás se acordaba de aquella vez en la heladería. Se había dado cuenta que algo diferente había ocurrido, que esa tarde no había salido con su novio sino con el hermano.
Una tarde en que Amanda llamó a Jeremy, contesté el teléfono y me hice pasar por él. Me dijo que su mamá había salido, me esperaba en su casa. Fui.
En la cama destendida yo todavía miraba el techo y saboreaba los temblores que remecen el cuerpo después del terremoto, cuando ella, sentada en el suelo mientras se abrochaba el sostén, me dijo que sabía que yo no era Jem. Desperté de golpe. En el estéreo del cuarto sonaba un compact de The Magic Numbers, a Amanda le gustaba el Britpop, a mí me gustaba lo que le gustaba a ella.
No importa, dijo con esa mirada tan seria, intimidatoria, el pelo suelto como no lo estaba cuando hacía sus saltos y piruetas al borde de la cancha de fútbol, allí siempre se trataba de una cola de caballo.
Puede ser nuestro secreto, dijo.
Dirigí la mirada hacia los posters de Colin Farrell y Ricky Martin en las paredes, papeles coloridos inventados para la descarga de devociones y hormonas. Mis ojos se posaron en el estante de libros. The Kite Runner, Jane Austen, Dickens, George Sand… Tantos libros gruesos, pensé, ¿los habría leído todos? Amanda era conocida como parte del grupo de las Amazing Girls, esas chicas que en la escuela hacían de todo sin el menor esfuerzo. Eran excelentes alumnas, líderes en su campo, hacían voluntariados, visitaban hospitales, aprendían piano, se dedicaban al teatro o a algún deporte, y de paso eran lindas. Había cada vez más de esas Amazing Girls que algún día serían mamás y ejecutivas de empresas, y al mismo tiempo había cada vez más hombres idiotas e inmaduros. Las mujeres estaban preparándose mejor que nosotros, pronto las universidades crearían sistemas de affirmative action para aceptar a los hombres.
Busqué una salida.
Si mi hermano se entera me mata.
No será así toda la vida. En unas semanas se lo diremos. Tú eres con el que quiero estar. Le pregunté cómo podía distinguirnos. Cómo podía ser posible, entre dos personas tan semejantes, que me eligiera a mí.
No lo sé, pero lo sé. Mi corazón late de otra manera cuando estoy contigo.
Esa frase era suficiente para aventurarse a un pacto de sangre. La besé y desabroché su sostén. Ella se rió y me dijo que nos apresuráramos.
El semáforo comienza a cambiar y yo todavía no he llegado a la esquina de la Ruta 15, una confusa intersección a la que llegan autos de tres direcciones diferentes.
Amarillo. Apreto el acelerador con más fuerza.
Amanda: la vez en que fuimos a un hotel en la Ruta 15 y sólo hicimos la siesta y luego me hizo ver una película francesa en su laptop. Cuando me dijo, qué ojos más verdes que tienes, y yo le dije para verte mejor. Cuando me dijo, qué nariz más recta que tienes, y yo le dije para olerte mejor. Cuando me dijo, qué labios más grandes que tienes, y yo le dije para comerte mejor, y me dijo qué esperas, esta Caperucita Roja está lista para que se la coman, y dejamos de ver la película.
Rojo. Ahora es más peligroso frenar que continuar la marcha. Lo peor que puede pasar es que un policía me dé un ticket.
Un Honda azul inicia la marcha al otro lado de la avenida.
Amanda: la vez que estábamos en la ducha de su casa y ella se arrodilló y

domingo, 18 de enero de 2009

Fin de semana en Cusco


¿Qué vas a hacer cuando regreses?
Una pregunta inocente. Pienso en una respuesta inocente… Un fin de semana en otra ciudad, un pequeño privilegio, una burla a la realidad, ahora, a punto de convertirse en un recuerdo insuficiente, doloroso, como un aroma de cuando era niña. Hace una hora habré estado con mis amigos en una ciudad, y pronto llegaré a otra, sola, en soledad. Hace una hora vi montañas aradas con sabiduría, las piedras eran presente, pasado y futuro: serpiente, puma, cóndor. Yo quiero quedarme con mis amigos, cruzar países en su camioneta, decir “el miércoles llegaremos a la playa”, “después de almuerzo iremos a recorrer la ciudad”, decirles: “elijan ustedes, yo me acoplo” y rogar porque todos los policías nos den siempre la espalda y no observen la matrícula extranjera. En el hotel compartimos un vaso de ron y nunca me sentí tan ebria, tan lúcida, tan dispuesta al misterio. Me gustaría llevar solo lo que tengo conmigo, que es todo lo que soy, mi cuaderno, mi lapicero, mis amigos, quiero que eso me baste; poder dejar atrás todas las seguridades que estoy construyendo para poder envejecer con dignidad, aunque para envejecer me falte todavía el doble de la edad que tengo. Será que hace años que me sé vieja y cuando no tengo que preocuparme por nada, ni siquiera por mí misma, recupero una juventud mental que borra las arrugas de mi cara. Será que a mis fracasos y expectativas sumo los fracasos y expectativas de mis padres. Será que necesito esta idea de felicidad para sobrellevar la rutina, la tristeza, el bullicio. Será que sí he envejecido porque prefiero el silencio. “Cuando sienta aburrimiento frótese con esta pomada en la nuca”. No es así de fácil. Somos almas salvajes con horarios que nos domestican. Y no sé qué es más perverso: acatar con miedo o enfrentar con culpa. Nadie me ha preguntado si quiero esta vida. Nadie me ha dicho nunca una noche: “dame tu mano para llevarte a soñar conmigo”. Quiero recordar que sí lo he dicho.
Odio mi ciudad, como solo alguien que la ama puede odiarla. Como veo a mi ciudad, me veo a mí misma. Hay una carpa invisible, iluminada de día y de noche por luces de neón; con música al máximo volumen. Mi ciudad se pierde en muchas eses, una columna deformada por años de soportar pesos y vientos distintos.
Hay en mí una inquietud más persistente que un momento, la certeza de una inmensidad que espera ser recorrida, unas zapatillas al borde de un precipicio al que no quiero llamar mirador. Es dolorosa esta belleza que palpita. ¿A qué fuente puedo lanzar unas monedas para volver?
Lo confieso: todas aquellas veces que conocí a un turista del mundo, lo pensé un desterrado de sí mismo.
Deseo tanto esa vida.
El deseo es tan fugaz.
A veces me siento maldecida.