martes, 7 de abril de 2009

Seis horas para dormir

Esto es algo que escribí hace muchos años, incluso antes de cumplir los treinta, cuando tildaba la palabra "solo". No sé a qué género pertenece. No tengo idea de nada. Pero me parece divertido haberlo descubierto en mi computadora, releerlo y compartirlo sin editar.
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Cuando estás a punto de cumplir treinta, lo primero que se te viene a la cabeza es que en otros treinta, tendrás sesenta. Quieres pensar en lo injusto que es el atropello que ocurre afuera, pero no estás de acuerdo: hay cosas mucho más injustas, al menos esta noche. Estás en tu cama, te has frito dos huevos con sal y orégano y tu perro te observa como si fueras la mejor compañía. Eso no es lo que te extraña. Tú mismo te sientes así: Mejor conmigo que sin mí en este departamentito que comparto con quien más me comprende. ¿Será posible depender tanto de los ojos hipnóticos de un perro con cerquillo, cuando la vecina paralítica del segundo piso te dice que, junto con su madre, viuda desde hace una semana, duermen justo al frente de tu ventana y los aullidos…? Lo que te estremece hasta la médula es la película que acabas de ver sobre alguien que lo tenía todo y murió a los veintisiete. Te das cuenta de que ha muerto tan joven, tan joven (por cosas que tú dijiste que jamás harías y sí hiciste), que sufres y maldices por los otros treinta que tenía por delante. Alguien es un genio muerto y tú te sientes genial de estar vivo. Aliviado por la certeza de tu propia juventud, te comprometes a revelar tu edad, bajo cualquier circunstancia: no tengo patas de gallo a menos que sonría: soy inmortal. ¿Siempre dirás tu edad? Hasta los cuarenta, de allí que calculen, igual no es fácil si desconocen la edad de tu mamá. Cada vez que haces esto, un anciano apunta en su “cuaderno de recordar”:

-Ya verás cuando estés de este lado y te bañen y apestes. Ahora yo tengo todo el tiempo del mundo, porque sólo necesito seis horas para dormir.

Lo mismo ocurre cuando visitas a un amigo que está lejos, la estadía te sale gratis y a su país alquilado siempre quisiste ir, y descubres que aún tiene en lugar preferencial la foto que le enviaste escalando una montaña (peor si es en su billetera, junto con la de su familia). No escalas más, ni corres para ganarle al semáforo, esquivas al pequeño pozo de agua de lluvia como si fuera arena movediza. Te convences de que tu amigo colgó la foto ayer, como tú hubieras hecho, y te conmueve que te quiera igual que siempre. En realidad, él necesita ver tu cara en el transitado pasadizo rumbo al baño, para asegurarse de que no has cambiado, como él no lo ha hecho. No puedes decirle que eres otro, al decepcionarlo, te verías como eres en el espejo, el pasado que se aleja abanicando un pañuelo desgastado, ilusiones suspendidas en telarañas. ¿Sabe él que imitaste su letra cuando niño porque dudabas de los trazos legibles de la tuya (y que la sigues manteniendo y que al fin te pertenece)? Entonces, sólo cuentas la parte de la historia en la que no eres culpable; en la que te abandonaron; en la que nunca quisiste hacerlo; en la que sólo estabas sintiendo; en la que no era tan necesario disculparse. Editas lo que has hecho hasta los veintiocho y te callas los dos últimos años, porque cuanto más has vivido, más te has divertido cometiendo los mismos errores. Te has hecho más fuerte y ha habido alguien más débil llorando. Estás felizmente seguro que por ti. Piensas esto mientras abres la ventana para que se vaya el olor a fritanga y repasas, de vuelta en tu cama, las fotos que te miran desde todos los ángulos. El reloj que has evitado mirar desde que llegaste del trabajo parece anunciarte que faltan cinco minutos para que cumplas treinta. Distingues la foto de tu mejor amiga de ahora. Recuerdas que en una crisis de “él nunca se levanta para cambiarle los pañales”, te pidió quedarse a dormir con su bebé en tu departamento. Él la dejó con todo y cuna y tú los instalaste en el cuarto de al lado, en tu escritorio. A las tres de la madrugada, el bebé lloró, y tu amiga te pidió permiso para dormir los tres juntos; la cama es más cómoda y tu cuarto menos húmedo. Tú accediste porque a veces puedes compartir tu soledad. Y cierta nostalgia en lo que aún no tienes porque no quieres. El bebé te quitó tu almohada favorita, gritando a todo pulmón. Las pateó a ambas como un pulpo ciego. Tu amiga lo miró con cara de “ojalá tuviera ya cinco años (y fuera al colegio)”. En el insomnio de tu vecina coja y de su madre viuda, tu amiga abrió los ojos desvelados para anunciar: “le voy a dar la fórmula, con eso va a dejar de llorar”.
Todo sucedió como había predicho con la sabiduría tácita y universal de la maternidad. El reloj acaricia las doce, todos tus zapatos están pares, alineados en el suelo del clóset. En cada tictac, te mimetizas más con tu almohada favorita, nace el deseo de chuparte el pulgar y dejas que se te estruje el alma en una sola pregunta: ¿Dónde está mi mamá ahora para darme esa fórmula?

2 comentarios:

marco_jz dijo...

Siempre pense que detras de los lentes gruesos de aquella linda periodista de los 90s de canal N y del programa de campus (o universia) habia algo mas.Muy bueno tu blog,,buscare tu libro que seguro tambien sera muy bueno.
Saludos,un abrazo :).
P.D: La pelicula mexicana efectos secundarios me resolvio algo el llegar a los treinta.
http://www.youtube.com/watch?v=1DbUEeLPAPU

Marcela dijo...

Katy!! estoy sorprendidísima de tu excelente blog, soy Marce de Chile... desde que nos conocimos supe que eras una muy buena periodista, pero los momentos que pasamos juntas fueron de verano y diversión, alcancé a conocer la linda persona que eres, pero a la Katy, no alcancé a conocer a la periodista, como tú no alcanzaste a conocer a esta periodista chilena... Te felicito, me encantó tú blog, cada momento libre que tengo en la oficina me meto a disfrutar de tus escritos, por favor sigue haciéndolos, cuenta historias, anécdotas, en muchos me reflejo, en otros aprendo... sigue así!! y por favor cuál es el nombre de tu libro? es tipo novela? llegó a Chile? de verdad quiero leerlo!.
Un beso grande!!
Marce.