miércoles, 22 de abril de 2009

Festín: qué bonita palabra

Alimentarse sin culpa, entregarse a los sabores como al amor, compartir una mesa con amigos que se miran a los ojos. Si lo pienso, los momentos más felices de mi vida tienen que ver con la comida y el consenso que ocasiona. Un sabor rememorado es una prueba de nostalgia: no puedo tomar café puro porque nunca será tan especial como el que preparaba mi abuela; la panadería de la esquina de la casa de mis papás prepara un pye de limón tan desabrido que me quita las ganas de probar otro.
En mi casa nunca hubo mucha pompa a la hora de comer. Mi mamá cocina delicioso. Es una italiana que odia las pizzas. Sus platos fuertes son los peruanos, bien condimentados, contundentes, sabrosos. Mi papá también cocina rico. Es árabe, adora hacer hojas de parra, pero las frituras le salen con el toque perfecto de grasa. En una de mis fotos favoritas suyas está disfrutando el chocolate como un niño. Por eso no me extraña que durante toda mi vida yo haya aprendido a alimentarme de contradicciones.
Una de mis alegrías del verano que se fue también se relaciona con la comida y su influencia sobre la amistad. A Diego lo he querido rápido porque repasa el plato con los dedos y se los chupa después. Su cara es obscena y hermosa. Yo como con las manos, imposible no identificarme con él. Mi papá se ha inventado que como así, gracias a su ascendencia árabe. Ya que mi hermana corta hasta el mango con cuchillo, para mí tiene mucho que ver con el pasado militar de papá. No me dejaba robarme las papas fritas ni el pollo broaster que preparaba (en la cocina había una puerta vaivén, cuando él iba por más harina yo cogía una alita al vuelo). Pero cuando estaban listos en la mesa decía: "¡Ataquen!". Y luego: "Yo ataco por la derecha, ustedes por la izquierda. Todos tenemos que cooperar". La mesa debía ser la zona neutral donde no se gritase ni se hablase de las malas notas ni de las cosas feas que pasaba la televisión. Sin embargo, cuántas veces los mandé al diablo porque empezaban a pelearse y debí volver a la cocina para llevarme mi plato a la habitación. El hambre se comía mis ganas de ser consecuente.
Diego toca, huele y siente todo lo que come. Para mí eso lo hace más gourmet que un experimentado chef. Nació comiendo, nació sabiendo. Todos le preguntamos a dónde debemos ir y qué debemos probar. Nunca come el mismo plato en la misma semana. Se inventa recetas todo el tiempo. Es casero de varios mercados. Ayer le preparé pollo al curry e intentó remover la salsa varias veces. Se movía inquieto como un pericote atrapado detrás de la refrigeradora. No le quedó otra alegría más que poner la mesa. No la puso, la decoró. Por supuesto decidió en qué plato debíamos comer y sugirió que hubiera quedado "más tailandés" con crema de coco. Me entristeció un poco que no se chupara los dedos, aunque sí me pidió más arroz.
Me encantó Ratatouille, pero a Diego le debo hacerme ver la película que resume la explosión de sensaciones que se produce durante y después de una buena comida, El festín de Babette. La cinta recrea un cuento de la escritora danesa Isak Dinesen. A través de una cena que ha preparado con dedicación y humildad, una francesa enseña a dos hermanas luteranas y a su comunidad en Jutlandia, que Dios ha querido que el placer y la prudencia se sienten a la mesa. A Diego también le debo haberme hecho conocer un sitio tan entrañable, cálido como Kei en Henry Revett en Miraflores, una nueva fuente de soda donde comí una barra de manzana, una de limón y un brownie, uno detrás de otro. Me gustó que me los entregaran en una bolsa de papel, "para que la recicles", me dijo Karen, la dueña. Con su inocente vestido y su aroma a flores me recordó mucho a mi hermana. Ella todo lo recicla, sobre todo las ausencias.
Diego es Dieguette.
Cocinar para los que queremos es un acto divino: ellos prueban los platos solo por fe. Cocinar sin quejarse después del más pesado día de trabajo es un acto de heroismo. Una de las cosas que más atesoro de mi país es el maridaje de ingredientes perfectos de costa, sierra, selva. De vez en cuando sorprendo a mis papás con un plato inventado. Mamá tiene artritis y ya no puede cocinar. Papá prepara mermelada con un vaso de azúcar por cada vaso de fruta y la conserva en potes donde antes hubo detergente (la pruebo y casi presiento la burbujita escaparse de mi boca). Sé que si dejan de reclamarme por gastarme el sueldo en langostinos o por cualquier otra cosa, la receta ha funcionado. Cocinar con placer y comer con placer es para mí como escribir un texto: siempre quiero más. Un festín de palabras viejas para encontrar un sabor nuevo.

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