miércoles, 22 de abril de 2009

Festín: qué bonita palabra

Alimentarse sin culpa, entregarse a los sabores como al amor, compartir una mesa con amigos que se miran a los ojos. Si lo pienso, los momentos más felices de mi vida tienen que ver con la comida y el consenso que ocasiona. Un sabor rememorado es una prueba de nostalgia: no puedo tomar café puro porque nunca será tan especial como el que preparaba mi abuela; la panadería de la esquina de la casa de mis papás prepara un pye de limón tan desabrido que me quita las ganas de probar otro.
En mi casa nunca hubo mucha pompa a la hora de comer. Mi mamá cocina delicioso. Es una italiana que odia las pizzas. Sus platos fuertes son los peruanos, bien condimentados, contundentes, sabrosos. Mi papá también cocina rico. Es árabe, adora hacer hojas de parra, pero las frituras le salen con el toque perfecto de grasa. En una de mis fotos favoritas suyas está disfrutando el chocolate como un niño. Por eso no me extraña que durante toda mi vida yo haya aprendido a alimentarme de contradicciones.
Una de mis alegrías del verano que se fue también se relaciona con la comida y su influencia sobre la amistad. A Diego lo he querido rápido porque repasa el plato con los dedos y se los chupa después. Su cara es obscena y hermosa. Yo como con las manos, imposible no identificarme con él. Mi papá se ha inventado que como así, gracias a su ascendencia árabe. Ya que mi hermana corta hasta el mango con cuchillo, para mí tiene mucho que ver con el pasado militar de papá. No me dejaba robarme las papas fritas ni el pollo broaster que preparaba (en la cocina había una puerta vaivén, cuando él iba por más harina yo cogía una alita al vuelo). Pero cuando estaban listos en la mesa decía: "¡Ataquen!". Y luego: "Yo ataco por la derecha, ustedes por la izquierda. Todos tenemos que cooperar". La mesa debía ser la zona neutral donde no se gritase ni se hablase de las malas notas ni de las cosas feas que pasaba la televisión. Sin embargo, cuántas veces los mandé al diablo porque empezaban a pelearse y debí volver a la cocina para llevarme mi plato a la habitación. El hambre se comía mis ganas de ser consecuente.
Diego toca, huele y siente todo lo que come. Para mí eso lo hace más gourmet que un experimentado chef. Nació comiendo, nació sabiendo. Todos le preguntamos a dónde debemos ir y qué debemos probar. Nunca come el mismo plato en la misma semana. Se inventa recetas todo el tiempo. Es casero de varios mercados. Ayer le preparé pollo al curry e intentó remover la salsa varias veces. Se movía inquieto como un pericote atrapado detrás de la refrigeradora. No le quedó otra alegría más que poner la mesa. No la puso, la decoró. Por supuesto decidió en qué plato debíamos comer y sugirió que hubiera quedado "más tailandés" con crema de coco. Me entristeció un poco que no se chupara los dedos, aunque sí me pidió más arroz.
Me encantó Ratatouille, pero a Diego le debo hacerme ver la película que resume la explosión de sensaciones que se produce durante y después de una buena comida, El festín de Babette. La cinta recrea un cuento de la escritora danesa Isak Dinesen. A través de una cena que ha preparado con dedicación y humildad, una francesa enseña a dos hermanas luteranas y a su comunidad en Jutlandia, que Dios ha querido que el placer y la prudencia se sienten a la mesa. A Diego también le debo haberme hecho conocer un sitio tan entrañable, cálido como Kei en Henry Revett en Miraflores, una nueva fuente de soda donde comí una barra de manzana, una de limón y un brownie, uno detrás de otro. Me gustó que me los entregaran en una bolsa de papel, "para que la recicles", me dijo Karen, la dueña. Con su inocente vestido y su aroma a flores me recordó mucho a mi hermana. Ella todo lo recicla, sobre todo las ausencias.
Diego es Dieguette.
Cocinar para los que queremos es un acto divino: ellos prueban los platos solo por fe. Cocinar sin quejarse después del más pesado día de trabajo es un acto de heroismo. Una de las cosas que más atesoro de mi país es el maridaje de ingredientes perfectos de costa, sierra, selva. De vez en cuando sorprendo a mis papás con un plato inventado. Mamá tiene artritis y ya no puede cocinar. Papá prepara mermelada con un vaso de azúcar por cada vaso de fruta y la conserva en potes donde antes hubo detergente (la pruebo y casi presiento la burbujita escaparse de mi boca). Sé que si dejan de reclamarme por gastarme el sueldo en langostinos o por cualquier otra cosa, la receta ha funcionado. Cocinar con placer y comer con placer es para mí como escribir un texto: siempre quiero más. Un festín de palabras viejas para encontrar un sabor nuevo.

Clint Eastwood: Cazador blanco, corazón negro


Hitchcock le propuso dirigir juntos una película. Le toma un día decidir si aceptará un guión o no. No le gusta repetir las escenas. Fue el primer cowboy gringo en Italia, en un rol que Charles Bronson rechazó. Logró la mejor actuación de Kevin Costner en UN MUNDO PERFECTO. Y aunque diga que no hay betún suficiente para oscurecer su pelo, ni lija tan potente como para suavizar todas sus arrugas, Clint Eastwood seguirá narrando sobre las debilidades, cinismos y grandezas de sus héroes. Ahora es turno de Nelson Mandela.

Esta es la bajada para un texto de Eastwood que escribí para el actual número de Dedomedio. Pueden encontrarlo aquí, aunque no del todo completo (ya lo colgaré cuando acabe abril): http://dedomedio.com/magazine.php?ID=24

martes, 21 de abril de 2009

Hoy en El Británico de Miraflores

Hoy estaré con César Bedón y Lucho Zuñiga compartiendo mesa para conversar sobre la relación entre los blogs y la literatura, como parte del encuentro Escritores conectados por la urbe. Supongo que debo confesar a estas alturas que soy una estafadora de los blogs, porque no sé cómo usar las etiquetas ni para qué sirven ni tantas otras cosas que serían de mayor provecho para los lectores. Y aunque estoy de acuerdo con los nuevos formatos y soportes que permiten que más personas se interesen por la lectura, creo que lo mejor es leer del papel aunque se haga cada vez más lejano el perfume a tinta.
El ingreso es libre.
Será a las 7:30 p.m.

sábado, 18 de abril de 2009

Central de fraudes

Además de suscribirme a una revista, estrené mi tarjeta de crédito comprándome un sofá y un comedor. Repito: estaba harta de los muebles donados o comprados con un novio de hacía años que me hizo infeliz. Necesitaba un cambio. Volvía de la playa y me dije: esto es, voy a comprarlos ahora, al diablo. Para qué ahorrar y ahorrar si lo que tengo no me alcanza ni para la inicial de un depa ni para la inicial de un auto. Como supuse encontré rápido lo que buscaba. Por primera vez en mi vida firmé un voucher. Sentí una tremenda desconfianza por el voucher, pero una gran confianza en mí misma. Estaba haciendo una compra grande sin culpa. Me sentía grande al fin, una mujer de 32 y no una chica de 16 a veces x 2. No como cuando me compré una tele nueva hace unos años y me costó mucho disfrutarla. Cada vez que la encendía se activaba en mí el arrepentimiento, como si no me la mereciera. Apenas llegué a casa encontré en mi celular cinco llamadas perdidas y dos mensajes de voz: "Señorita Adaui, llamamos de la central de fraudes del banco tal para saber si usted realmente hizo una compra por el monto tal". No tenía saldo para devolver la llamada y la tienda al frente de casa estaba cerrada. No podía comprar una tarjeta prepago. Ingresé a Internet. Encontré dos mails diciéndome lo mismo: que los contactase de inmediato. Me anunciaban que habían bloqueado la tarjeta para evitar un robo. Mientras escribía la respuesta: "sí, hice una compra por tal monto" y escribía mi DNI para confirmarles que yo era yo y les contaba lo feliz que estaba con mis muebles nuevos, me llamó mi cuñado a decirme que lo habían llamado del banco preguntando desesperados por mí. Entonces lo confirmé: la central de fraudes de un banco se esfuerza por encontrarte más que una oficina de cobranzas coactivas: te ubican como sea y no te dejan en paz hasta que no los contactes. Imagino que es atendida por unos muchachos que esconden sus alas bajo un saco.

La palabra que tanto escribo en mi trabajo, "crisis", llegó hoy a mi vida luego de meses de un sostenido crecimiento: he vivido un fraude personal. Lo asumo, es parte de aprender a crecer y luchar por perdonar, pero cuánto duele. Cuánto hubiera querido que una central de fraudes me llamase para advertirme lo que se venía: yo misma, sin saberlo, podría llegar a robarme. Al igual que con una compra con la tarjeta de crédito, ya firmé el voucher de esto. No hay marcha atrás. Ahora debo esperar que lleguen el estado de cuenta, el bulto, la fecha para pagar. Esta vez el arrepentimiento vino antes que el bulto.
En mi trabajo también escribo: "tiempo de crisis, tiempo de oportunidad". Ordenaré mis cuentas. Saldaré mis deudas. Rechazaré lo que no me sirve. Lo que no encaja en mi sala no encaja en mi vida.
......
La foto la tomé en Guayaquil.

jueves, 16 de abril de 2009

Isla

Un pájaro.
Tatuarte un animal,
un pájaro. De trinos bienvenidos,
que se pose cierto en tu brazo en cada viaje,
que una vez llegado al puerto te señale: hoy
se ha anclado el azul en tu retina. Sobrevive un
conjunto de esperanzas en un barco, detrás queda
en los puertos el frío, el frío anonimato de las risas.

martes, 14 de abril de 2009

Pasta o pollo

on
Escribí esto hace un par de años luego de un viaje de pesadilla en un avión. Creo que ahora ya no escribo así, pero igual lo comparto con ustedes.

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PASTA O POLLO

-Siempre me dan miedo los aviones. Ustedes los jóvenes no le tienen miedo a nada.
-No se preocupe, señora.
-Me dan tanto miedo. Uno no los puede controlar.
-No se preocupe.
-¿Y si se cae? ¿Y si hay secuestradores? Con un tenedor nos pueden reducir a todos. Ya lo hemos visto.
-Sigue siendo el medio más seguro.
-No hay estadísticas que valgan. Un pájaro se puede meter en uno de los motores. Con un solo motor no llegaremos a ninguna parte. Un pájaro tumbando a otro pájaro.
-Ya estamos despegando.
-Este es el momento más inseguro, como el aterrizaje. Y cuando está volando…
-Si le da tanto miedo, hubiera tomado algo.
-Ya me tomé dos pastillas. Para los nervios, para dormir. Pero tardan en hacer efecto y en una hora vamos a llegar. Seguro me quedo dormida en el sofá de mi hijo justo antes del almuerzo. Seguro le dará pena despertarme. Es abogado. Es bueno el muchacho y me da una pena, lo explotan en el trabajo. Él ve todo lo que es impuestos.
-Estése tranquila entonces.
-No puedo. No confío en los pilotos. Cómo pueden volar con estas nubes, no ven nada. No se ve nada.
-Señora, estos aviones cuentan con la última tecnología. La flota más moderna de Latinoamérica”. Lo están mostrando en la tele, ¿ve?
-Lo único que sé es que tengo un nieto que es piloto. Nunca volaría con él. Ni siquiera tiene bigote.
-Hubiera ido por tierra.
-¿Pretende usted que con la columna como la tengo me quede sentada como una tonta dieciocho horas seguidas?
-Bueno, no.
-Pero estos asientos son peores que los del carro. Ya no dan cojines para la cabeza. Ya no dan mantitas, antes me las llevaba, pedía que las pasaran de atrás para adelante. Antes te preguntaban pasta o pollo.
-Es un vuelo de una hora.
-En una hora pueden pasar muchas cosas. A la gente la ansiedad le da hambre. ¿Somos humanos o qué?
-Hubiera tomado un buen desayuno.
-¿Y si vomitaba? Se imagina qué vergüenza una mujer como yo vomitando. Le hubiera arruinado los zapatos.
-Si le da náuseas aquí adelante están las bolsas...
-Se me han ido las ganas, pero este frío no me lo quita nadie. ¿Lee usted?
-La revista del avión.
-¿Le gusta gastar en perfumes y lapiceros? Con lo que cuesta la plata.
-...
-¿Qué lee?
-Las instrucciones de seguridad.
-Lea, lea por si acaso. Estaremos sobrevolando Los Andes. Si quiere lea en voz alta. Pronto comenzarán las turbulencias y esos vacíos terribles. ¿Siente cómo se mueve?
-Señora, ¿Por qué no se quita los zapatos y se relaja? Ya no falta nada.
-Se me hinchan los pies, si le contara… una vez casi me dio trombosis. Además hay que estar preparados. Si nos caemos lo mejor es tener las zapatillas bien puestas. Me gusta estar pendiente por si tengo que sacar el asiento. No sabría usarlo de flotador.
-Lo bueno es que está usted en el pasillo. La dejaré salir primero, aunque no va a pasar nada. El cielo está tranquilo.
-Yo no estoy tranquila. Las desgracias se dan en un parpadeo. En un descuido se nos va la vida entera. ¿Por qué ha dicho usted que el cielo está tranquilo?
-Estoy siempre al tanto de estas cosas. Compro meteoritos.
-¿Meteoritos?
-Sí, señora.
-¿Qué dice que hacía usted?
-Trabajo en una casa de remates. Vemos temas de historia natural. Justo adonde vamos cayó uno hace dos días.
-Ahora que lo dice algo leí en las noticias.
-No es muy grande, pero igual queremos verlo. Los pobladores están asustados. Se han dado casos de histeria colectiva.
-Ah. No sabía eso.
-Los meteoritos son fascinantes. No hay por qué tenerles miedo.
-Será Dios que juega a las bochas contra su propia creación.
-Hay mucha gente interesada en comprarlos. Si viera usted las pujas que hay por Internet. Todo el tiempo nos piden reportes, nos llaman para cotizar. ¿No leyó que un meteorito llegó a costar más de cien mil dólares?
-Parece el mercado negro. ¿No será usted narco? ¿Sabe su madre a lo que se dedica?
-Señora, los meteoritos son testimonio de un sorprendente accidente natural. ¿Sabía usted que son como la caja negra de la historia?
-¿Caja negra? Sí que es usted una mala persona. No me hable más que no le voy a responder. No, no insista...

lunes, 13 de abril de 2009

Jamás


El perro de la vecina, espulgado, alimentado y querido, olfatea el hocico del perro que se ha apropiado de la cuadra. Tiembla el suyo ante los aromas, sabores, territorios jamás conquistados; tiembla su cola, todo él tiembla durante un minuto entero.
Luego olvida.

domingo, 12 de abril de 2009

Hablemos de diseño

Ahora que redecoro mi sala y dono los muebles que alguna vez me donaron, estoy obsesionada con la combinación rojo y negro; lo vintage y lo absolutamente moderno; los detalles. He mezclado todo sin respeto, orden con desorden, mi sala es como una cocina loca, y estoy contenta esperando que funcione. Me es imprescindible rodearme de un ambiente inspirador, de un toque de belleza que, sin costarme mucho dinero ni esfuerzo, me haga sentir más viva, en un espacio de alguna manera propio, aunque alquilado, que pueda llamar casa y darme la ilusión de hogar. Este preámbulo es para comentar dos tiendas dedicadas al diseño; una que ya existe, otra que nace, una que está en Lima, otra que está en Cusco.
Descentralizaré.
A la espalda del hotel Monasterio, en la calle Choquehuanca, dos diseñadoras de joyas se unieron para inaugurar esta semana la tienda Puquna, dedicada a la venta de todo tipo de arte creado por manos peruanas: fotografía, pintura, grabado, artesanía, escultura; muebles labrados en cuero, joyas, y siguen los etc. Desde el logo ya provoca visitarla. Esta es su web (aún en construcción): http://puqunaperu.com/

En Miraflores, en el Centro Comercial Cantuarias, está la divertida tienda Electrocute. Apoya a los diseñadores de ropa y de accesorios para que no solo vean en ella un canal de distribución sino una fuente de retroalimentación e impulso a su trabajo. Un diseñador exclusivo de la tienda es Kute Art Store (http://kute-art-store.blogspot.com/), con creaciones influenciadas por el anime. Aquí la web de Electrocute: http://www.tiendaelectrocute.com/

sábado, 11 de abril de 2009

Ventana

Cada vez me intereso más por la fotografía. No quiero que llegue el día en que solo piense en ella. Es una ola que ya comenzó a cubrirme. Supe que me gustaba cuando aprendí a valorar la obra de amigos fotógrafos. Las pasiones se contagian por admiración. Hugo me regaló un díptico, una foto de postes en serie y otra de una laguna; tienen en común el cielo. Mandé a enmarcar las fotos en negro, rodeadas del respectivo espacio blanco. Esta noche las he colgado en mi sala. Van a juego con el nuevo sofá y el nuevo comedor de diario, también en negro. No puedo dejar de observarlas. Cuanto más lo hago, más detalles encuentro. Nuevos tonos y la luz que se filtra. En las fotos siempre es de día. Es como ver el amanecer a toda hora. Mis padres no comprenden esto. Cuando se es mayor, muy mayor, desaparece la capacidad de asombro y todo es perder el tiempo y perder. Voy a buscar una cámara de fotos profesional antes de mi viaje a Nueva York. Quiero en mi casa fotos que signifiquen algo para mí; quiero regalar fotos enmarcadas a mis amigos, y devolverle a Hugo el amanecer que ha compartido conmigo. Siempre me ilusionaron, intocables, las palabras rascacielos, quinta avenida, gran manzana. Voy a capturarlas.
Ser la que observa a través de una ventana que nace improvisada; nunca olvidar lo que he amado, pese a lo breve de la revelación. Así me sentí cuando tomé esta foto de las calles de Cuenca, desde un bus en movimiento. A Hugo le ha gustado. Un segundo para hacer mío el instante, y nuestro.

martes, 7 de abril de 2009

Seis horas para dormir

Esto es algo que escribí hace muchos años, incluso antes de cumplir los treinta, cuando tildaba la palabra "solo". No sé a qué género pertenece. No tengo idea de nada. Pero me parece divertido haberlo descubierto en mi computadora, releerlo y compartirlo sin editar.
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Cuando estás a punto de cumplir treinta, lo primero que se te viene a la cabeza es que en otros treinta, tendrás sesenta. Quieres pensar en lo injusto que es el atropello que ocurre afuera, pero no estás de acuerdo: hay cosas mucho más injustas, al menos esta noche. Estás en tu cama, te has frito dos huevos con sal y orégano y tu perro te observa como si fueras la mejor compañía. Eso no es lo que te extraña. Tú mismo te sientes así: Mejor conmigo que sin mí en este departamentito que comparto con quien más me comprende. ¿Será posible depender tanto de los ojos hipnóticos de un perro con cerquillo, cuando la vecina paralítica del segundo piso te dice que, junto con su madre, viuda desde hace una semana, duermen justo al frente de tu ventana y los aullidos…? Lo que te estremece hasta la médula es la película que acabas de ver sobre alguien que lo tenía todo y murió a los veintisiete. Te das cuenta de que ha muerto tan joven, tan joven (por cosas que tú dijiste que jamás harías y sí hiciste), que sufres y maldices por los otros treinta que tenía por delante. Alguien es un genio muerto y tú te sientes genial de estar vivo. Aliviado por la certeza de tu propia juventud, te comprometes a revelar tu edad, bajo cualquier circunstancia: no tengo patas de gallo a menos que sonría: soy inmortal. ¿Siempre dirás tu edad? Hasta los cuarenta, de allí que calculen, igual no es fácil si desconocen la edad de tu mamá. Cada vez que haces esto, un anciano apunta en su “cuaderno de recordar”:

-Ya verás cuando estés de este lado y te bañen y apestes. Ahora yo tengo todo el tiempo del mundo, porque sólo necesito seis horas para dormir.

Lo mismo ocurre cuando visitas a un amigo que está lejos, la estadía te sale gratis y a su país alquilado siempre quisiste ir, y descubres que aún tiene en lugar preferencial la foto que le enviaste escalando una montaña (peor si es en su billetera, junto con la de su familia). No escalas más, ni corres para ganarle al semáforo, esquivas al pequeño pozo de agua de lluvia como si fuera arena movediza. Te convences de que tu amigo colgó la foto ayer, como tú hubieras hecho, y te conmueve que te quiera igual que siempre. En realidad, él necesita ver tu cara en el transitado pasadizo rumbo al baño, para asegurarse de que no has cambiado, como él no lo ha hecho. No puedes decirle que eres otro, al decepcionarlo, te verías como eres en el espejo, el pasado que se aleja abanicando un pañuelo desgastado, ilusiones suspendidas en telarañas. ¿Sabe él que imitaste su letra cuando niño porque dudabas de los trazos legibles de la tuya (y que la sigues manteniendo y que al fin te pertenece)? Entonces, sólo cuentas la parte de la historia en la que no eres culpable; en la que te abandonaron; en la que nunca quisiste hacerlo; en la que sólo estabas sintiendo; en la que no era tan necesario disculparse. Editas lo que has hecho hasta los veintiocho y te callas los dos últimos años, porque cuanto más has vivido, más te has divertido cometiendo los mismos errores. Te has hecho más fuerte y ha habido alguien más débil llorando. Estás felizmente seguro que por ti. Piensas esto mientras abres la ventana para que se vaya el olor a fritanga y repasas, de vuelta en tu cama, las fotos que te miran desde todos los ángulos. El reloj que has evitado mirar desde que llegaste del trabajo parece anunciarte que faltan cinco minutos para que cumplas treinta. Distingues la foto de tu mejor amiga de ahora. Recuerdas que en una crisis de “él nunca se levanta para cambiarle los pañales”, te pidió quedarse a dormir con su bebé en tu departamento. Él la dejó con todo y cuna y tú los instalaste en el cuarto de al lado, en tu escritorio. A las tres de la madrugada, el bebé lloró, y tu amiga te pidió permiso para dormir los tres juntos; la cama es más cómoda y tu cuarto menos húmedo. Tú accediste porque a veces puedes compartir tu soledad. Y cierta nostalgia en lo que aún no tienes porque no quieres. El bebé te quitó tu almohada favorita, gritando a todo pulmón. Las pateó a ambas como un pulpo ciego. Tu amiga lo miró con cara de “ojalá tuviera ya cinco años (y fuera al colegio)”. En el insomnio de tu vecina coja y de su madre viuda, tu amiga abrió los ojos desvelados para anunciar: “le voy a dar la fórmula, con eso va a dejar de llorar”.
Todo sucedió como había predicho con la sabiduría tácita y universal de la maternidad. El reloj acaricia las doce, todos tus zapatos están pares, alineados en el suelo del clóset. En cada tictac, te mimetizas más con tu almohada favorita, nace el deseo de chuparte el pulgar y dejas que se te estruje el alma en una sola pregunta: ¿Dónde está mi mamá ahora para darme esa fórmula?

Los hombres que caen


Cuando las Torres Gemelas se incendiaban en uno de los peores actos terroristas de la historia, cerca de 200 hombres y mujeres decidieron lanzarse al vacío. Los bomberos que trabajaban en los edificios escucharon que se quebraba el techo de vidrio sobre sus cabezas. Supieron: alguien se ha suicidado. Comprendieron: el primero que ha caído será el primero de muchos. Aquellos que observaban la escena desde otras calles y otros edificios se marcharon. No podían soportarlo. ¿Quién puede soportarlo? Desde los televisores en nuestras casas no eramos capaces de ver estos suicidios, porque las cenizas, las llamas y el humo cubrían las ventanas. Sin embargo, podíamos presentir que algo así estaba pasando. La tragedia se sintonizaba en vivo y en directo. El corazón de las finanzas se había convertido en el corazón del horror. Hasta ahora no podemos creerlo.

De la misma manera y en nuestro propio país, los muertos de Fujimori permanecieron mucho tiempo ocultos, pese a los esfuerzos de algunos porque viéramos la verdad. Sabíamos que algo pasaba, pero no a nosotros. Se hacinaban los caídos, inindentificables en fosas clandestinas, asesinados por la espalda, delante de sus familiares. Pero estaban allí. Están allí por un prejuicio. El primero que cayó fue el primero de muchos. No podemos ser indiferentes al respecto a cambio de carreteras, PBI positivo y una "presunta" paz. El muerto de uno es el muerto de todos.
Hasta ahora no lo creemos.

lunes, 6 de abril de 2009

Fujimori culpable

Ayer publiqué en mi facebook "espero 20 años de cárcel para Fujimori". La respuesta de mis amigos fue inmediata y polarizada. Hoy por fin se hizo justicia: 25 años de cárcel para Fujimori. Así como lo hizo con Cofopri, buscaba legalizar lo ilegalizable: matar civiles, ordenar grupos paramilitares, aliarse con asesinos, esterilizar masivamente, oprimir a la oposición, perseguir a la prensa, infiltrar espías hasta en hospitales, invadir para poseer una casa, comprar titulares, etc. Ni hablar. Que a mí no se me haya muerto un familiar por una bomba o asesinado por la espalda y enterrado en una fosa común, no significa que no haya sufrido o vivido pérdidas. Repito: el muerto de uno es el muerto de todos. Por algo nos llamamos: humanidad. Haber trabajado como periodista casi 5 años en Canal N, en pleno gobierno de Fujimori, me hizo ser testigo de amenazas a periodistas y venganzas sobre la mesa. Que no haya sido reportera no significa que no haya redactado o escuchado o visto. Todo el día recibíamos amenazas de bomba, yo misma contestaba los teléfonos de prensa pues era asistente y le contaba a Gilberto Hume, entonces director del canal, de la nueva amenaza. Hasta balearon la puerta del canal. Algunos congresistas fujimoristas llamaban desesperados luego de que emitiéramos el famoso primer vladivideo Kouri-Montesinos. Yo estaba en la mesa de informaciones cuando llegó Popi Olivera al canal rumbo al hotel Bolívar con varias copias de seguridad de ese video. Teníamos las cámaras en el pleno del Congreso. Era increíble ver la cara de paranoia de Kouri y creer que por fin una a una comenzaban a caer las fichas del peor rompecabezas de violencia que ha vivido el país. Igual de alucinante fue ver a Fujimori buscando a Montesinos en camionetas, señalando por todas partes como un desquiciado Sheriff, luego de haber compartido corbatas, planes y sangre con él. En cuántas marchas participé cuando estudiaba periodismo -en esa misma época- y hombres con chaleco de periodista pero sin credencial nos pedían información de nuestros amigos. A uno le pegaron y no lo vimos varios días.


Dejé el periodismo y me dediqué a escribir porque me asqueó la política, la corrupción, la injusticia. No soy de izquierda, tampoco de derecha. Y hoy algunos dicen que la Comisión de la Verdad ha distorsionado las cosas o que no necesitamos un Museo de la Memoria: al gobierno, a los militares, a la policía, a los ronderos... a todos se les fue la mano en nombre de la pacificación. Y Sendero y el MRTA cuánto terror causaron. Yo vi todos los Ground Zero de mi ciudad cuando las bombas llegaron acá. Mis padres nos llevaron a mi hermana y a mí para mostrarnos la realidad y agradezco que lo hayan hecho: todavía recuerdo la punta de una reja clavada en un árbol tras decapitar a un periodista de Canal 2. Yo recuerdo.


Tengo en mi casa una copia del informe final que hiciera la comisión que investigó a Fujimori en el Congreso, presidida por Diez Canseco. Quien necesite verla para recordar, me la puede pedir y se la presto. Las vendas son para las heridas, no para los ojos. No entiendo este pensamiento: Fujimori fue un desgraciado, pero Keiko me cae bien. ¿Vamos a votar por la hija de un asesino que piensa como él? ¿Acaso no hemos aprendido?

domingo, 5 de abril de 2009

Escritores conectados por la urbe


Borrador Editores ha reunido a un grupo de escritores, algunos nóveles como yo, otros con más trayectoria, para un ciclo de conversaciones y debates, con foro abierto a las preguntas del público, denominado Nuevas tendencias de la literatura peruana-Escritores conectados por la urbe.
Se desarrolla todos los martes de abril en el auditorio del Británico de Miraflores. El ingreso es libre. El moderador es Julio Zavala, editor de Borrador y creador del blog: http://www.mononoaware1.blogspot.com/
Compartiré mesa con César Bedón, autor de Un sol que en invierno y Lucho Zuñiga, autor de El círculo Blum. Conversaremos sobre nuestros libros, los blogs, la inspiración, la creatividad, las estructuras y por qué nos quedamos aquí. Si no van al concierto de Gloria Estefan, están invitados a darse una vuelta.
Cómo no está Claudita Ulloa por estos lares...
Día: Martes 21 de abril
Hora: 7:30 p.m.
Lugar: Malecón Balta 1740, Miraflores