domingo, 5 de abril de 2009

Spirit of ´ 76 de John Updike, extracto

Hace un par de meses me suscribí por tiempo indefinido a The New Yorker. Poder comprarla por Internet y recibirla en Lima fue la principal motivación para tener tarjeta de crédito, la primera de mi vida. Cuando ya me convencía de que nunca me llegaría la revista, recibí dos ejemplares juntos. En el número del 16 de marzo aparece un grupo de poemas del recientemente fallecido John Updike que serán publicados este mes bajo el título Endpoint and Other Poems. Este es mi extracto favorito:
Be with me, words, a little longer; you
have given me my quitclaim in the sun,
sealud shut my adolescente wounds, made light
of grownup troubles, turned to my advantage
what in most lives would be pure deficit,
and formed, of those I loved, more solid ghosts.

Ilustración archivo The New Yorker.

sábado, 4 de abril de 2009

En Miami con M de Mamá

¿En un arranque de amor y de locura no han invitado alguna vez a su madre de viaje? Yo tuve esa genial ideal el año pasado. Esta es la crónica del viaje que hicimos a Miami y que Dedomedio publicó en su momento. Cuando ella leyó la nota (gracias a un primo soplón), no me habló tres días. Para mi suerte ya comprendió que nuestra vida común me inspira. Si le van a contar que lo he publicado acá, mejor no lo lean.
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Luego de muchos años de trabajar sin descanso y de rechazar una oferta laboral que a todos les parecía irrechazable, decidí abrir el cajón de ahorros y volver a Miami Beach. Había ido antes, a los doce años, para curarme de una falsa meningitis, y a los quince para conocer, ya sin ilusión, al Pato Donald. En ambas ocasiones mi mamá me había llevado, y esta vez, a los treintaiuno, luego de intentar sin éxito buscar una compañía idónea, decidí que quizás no era una locura pedirle a mi madre que fuese conmigo.

La realidad, sin embargo, es esta: Nos separan 38 años… con sus revoluciones, guerras y breves armisticios. Algunas hipótesis respecto a mi madre, para ir resumiendo: Estoy segura de que si mi mamá hubiera sido Presidenta volveríamos a tener problemas limítrofes con todos los países hermanos. Por otra parte, tiene cero olfato para los negocios aunque se considera a sí misma un lince. Alguna vez puso una tienda de pasteles, que compraba en una panadería y los vendía al doble. Estaba segura de su éxito aunque la panadería quedaba a una cuadra de distancia.
Y aquello que llamamos “sentido del tacto”, tan importante en algunos humanos de la especie, en ella se limita estrictamente a la acción de estirar la mano y saber si el agua de la ducha está fría o caliente.

-Tía, mira, ¡he bajado 10 kilos! –le dijo mi mejor amiga.
-¿Estás segura?

Debo aceptar que en un momento asumí como una virtud incluso imitable disparar siempre las palabras directo al cerebro. Es honesta y graciosa, pensé alguna vez. Esos errores de interpretación se deben pagar en alguna clase de antesala al infierno cuando estemos muertos, supongo.
Por mi parte vivo sola desde hace 7 años, lo que ella ha decodificado como: Madrugadora. Bohemia. Mentirosa. Me dice, y a veces no le falta razón: Me has mentido tanto que ya no puedo creerte nada.
Por el Día de la Madre le entregué una tarjetita que decía: ¿Quieres ir a Miami conmigo? Mis amigos, que la conocen y la han sufrido, me preguntaban si sabía en qué me estaba metiendo. Era obvio que no lo sabía. Ella se alegró como yo lo había hecho antes. Anunció que al fin podría comprar su Glucosamina de 1600 mg, su Calcio con Chondrition, y todas esas pastillas de alucinantes cantidades que solo se encuentran en EE.UU. Un shopping geriátrico, digamos. Pongámonos en su lugar: Se fracturó una vértebra, tiene 3 hernias lumbares.

Conseguí pasajes baratos y solicité silla de ruedas en todos los aeropuertos para que no permaneciera mucho de pie en las colas de migraciones. Le presté dinero para la bolsa de viaje y tomamos un avión de Taca rumbo a Miami, con escalas en Colombia y Costa Rica. Mientras pasaban el video con las medidas de seguridad, me pidió que comprobase si el chaleco salvavidas estaba donde debía estar. Luego de rogarles que le cambiaran “ventana” por “pasillo”, insistía en hablarle a cada compañero de asiento, aunque estuviese con los audífonos y leyendo al mismo tiempo. Cuando comenzaron las infaltables turbulencias sobre Los Andes, asumió con dignidad el puesto vigía y aulló a los pasajeros para recomendarles que se pusieran de nuevo el cinturón. Empujó al de adelante para que acomodara su asiento en vertical.
-¡Pero dígale que lo haga ya, señorita!
Me aferré a los brazos de la silla. Nauseada, entregué después mis manos sudorosas a mi mamá. La incurable nostalgia de un momento seguro y feliz. Desde el 11 de septiembre tengo miedo.
En el aeropuerto de San José solo se puede fumar en el Nimbus Lounge. La conduje hasta allá en la silla de ruedas; me expulsó el humo contenido por esa pipa gigante. Me puse a leer en una sala contigua. Dos horas después salió de pie, empujando su silla, como recién sanada por algún pastor brasileño del canal 5. Camuflaba, con gran estilo, el encendedor en su corsé. ¡Lo había metido de contrabando en la cabina del avión! Mi madre podría dar lecciones de cinismo a la hora de pasar las revisiones de los aeropuertos al burrier más experimentado.

La primera impresión de Miami Beach un sábado a la medianoche. El aroma a canchita dulce, que yo tanto recordaba, desapareció. En la calle saltaban a ritmo de reggaetón acerados Hummer, Mini Cooper, BMW, Mercedes, Mustang, Porsche, Lamborghini, Ferrari, Maserati, Rolls Royce. ¿Dónde los siempre fieles Volskwagen, Honda y Toyota? Simplemente no existen.
Dos estadísticas del Nuevo Herald impactan como un Reality Show: Muchos no tienen ni para comer, pero siguen manteniendo un auto carísimo. Miami ostenta la más alta tasa de “furia al volante” de todo EE.UU. Sin embargo, el sistema de transporte es ordenado, en bus o tren puedes movilizarte por casi toda la ciudad; o alquilar un auto a 55 dólares diarios (¡30 son de estacionamiento!).
Las mujeres son imprescindibles en la estética nocturna de Miami. En sus altísimos tacones, con vestidos que comienzan o terminan en las nalgas, las piernas bronceadas, toman las calles como a una pasarela improvisada, afrontan sin inmutarse el concierto de gritos y cláxones de los conductores.

Dejamos las maletas en nuestra habitación del Continental Oceanfront South Miami Beach, nombre bastante honorable para las cucarachas que atropellamos con las rueditas, el persistente olor a lejía y el escarchado que se desprende. Caminamos por Collins, ingresamos al Walgreens de la esquina. Compré ese tipo de cosas que uno solo compraría en Miami: un kilo de pistachos, imanes con arena de South Beach, capuchino en botella, vitaminas para el cabello, parches para depilación sin cera, una crema autobronceadora con SPF 50. Coincidí con mi mamá en la caja, pagando orgullosa similar cantidad de pertrechos, incluyendo una toalla que decía Drama Queen y una tablita de surfear para el espejo del auto que no tiene. Estuvimos 3 horas curioseando por todas las góndolas, descubriendo necesidades “urgentes” que cubrir con productos que jamás habíamos sabido que existían. Al día siguiente, temprano, caminamos la infinita cuadra que nos separaba de la ansiada playa.
-Ojo, que no he venido hasta acá para ir a la playa- me advirtió decidida-. Y tú no has venido hasta acá solo para leer.
Se recostó en una blanquísima tarima y de inmediato se apareció un amable ecuatoriano a cobrarle 10 dólares, que ella se negó a pagar y que debí hacerlo yo.
-Mamá, ¿puedes dejar de mostrar tu corsé, por favor?
Me distraje con la vista. El mar plateado brillante, quieto, como empozado. Detrás de la caseta del salvavidas ondeaba la bandera morada de “vida marina peligrosa”. De un clavado me metí al agua caliente. Me raspé toda porque me llegaba a los tobillos, y nadé y nadé y nadé hasta que mi mamá y la tarima se fundieron en un solo punto blanco, con el océano bailándome en las axilas.
Los días que siguieron, cada vez que discutía con ella, me escapé al mar. El agua como una puerta al final de cualquier aeropuerto: Empuje, emergencias solamente.

Comer otra cosa que las calorías pornográficas de McDonald´s es posible en la avenida Washington. Bullen los restaurantes cubanos con sus infaltables cuadros de Celia Cruz, los letreros de “volveremos” y sus rocolas con canciones de El Puma y Sinatra. Por 6 dólares te sirven pollo empanizado con frejoles, arroz y ensalada. Luego, es de rigor tomarse “la coladita”, un dulce shot de cafeína a la vena. El más barato Internet por la zona es Kafka´s Cybercafe, donde además alquilan libros. Me intrigó el nombre del cyber. Me pregunté si no estaría auspiciado por las simpáticas mascotas domésticas de mi hotel.

Por las madrugadas, entre mi mamá que flotaba en su deliciosa duermevela de Xanax, la repetición de Gerardo y el ruidoso motor del aire acondicionado, huía a Ocean Drive o a Lincoln Road. Cuadras de tiendas, galerías, restaurantes y bares con el glamour del aire libre y de la media iluminación. Los chihuahas sudando debajo de las mesas. Los mimos confundidos entre la gente, con su tácito permiso para hacerle de todo. Las mesas repletas de cortinas de minifaldas y torsos sin camisa saltando entre las copas. Uno de esos instantes en que una cree que la propia juventud durará para siempre. Y de pronto, los diminutos, invisibles ancianos que reclaman monedas en todas partes. Los “sin hogar” opacan los felices colores de la galería del artista pop Romero Britto.

Regresé al hotel pensando que traer a mi mamá había sido un error, que estas vacaciones eran un desastre y que debería decirle a un policía que ella era una inmigrante ilegal para así librarme de una vez de la tortura, del olor a lejía y de las camas cada vez más juntas del cubículo que compartíamos; entonces, al entrar al hotel, encontré a mi mamá despierta en la terraza con un grupo de chicos canadienses que habían descubierto el reggaetón y la salsa.
-Prendimos nuestra radio y ella se puso a cantar Será tu sonrisa. Por eso la invitamos a tomar con nosotros. Tu mamá es super cool.
Les sonreí, y le dije a mi mamá que estaba bien, que mañana no iría a la playa, que la acompañaría de compras.
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Las fotos corresponden al viaje.

viernes, 3 de abril de 2009

Soy una guerrera. A nadie haré la guerra.

Hay una guerra de blogs entre algunos autores peruanos. Solo la conocemos quienes escribimos y por eso solo afecta e importa a este grupo. Perdonen los lectores heridos por las esquirlas.
Se dice de todo en algunos blogs y en los comentarios de los blogs. Algunos firmados, otros anónimos. Y aunque no tengo cómo confirmarlo, supongo que soy amiga de gente que está en todos los bandos: los que se hacen los locos, los que responden, los que se frustran, los que se defienden, los que atacan, los que copian y pegan los nombres de otros, los que juegan a la guerra. Intrigantes e intrigados.

Yo no me hago la loca. Estoy en una trinchera que se llama “solo me importa escribir”. Podrán meterse con mi familia, acusarme de putita o idiota o burguesa. Yo, que sé lo que soy y lo que no soy, ¿quién soy para negarlo?

Soy lo que escribo.

Sé las luchas que mantengo y los dones que me faltan. Sé lo que amo y lo que detesto. Se los errores que cometo y los que me he perdonado. Sé lo que sé y cuánto ignoro. La única forma que tengo de salir de esta trinchera a enfrentar granadas que es la vida misma es escribiendo. He nacido desarmada y desarmada partiré. Las balas llegarán por la espalda. Lloverán. A nadie haré la guerra. Esa es mi venganza.

Soy lo que escribo.

¿Por qué pelear? Tenemos suficiente territorio de la imaginación para repartirnos.
¿Por qué pelear? ¿Los prejuicios no han llevado a la guerra?

No lo olvidaré: los que escribimos somos soldados, no jefes del aire. No intentemos mirar hacia arriba, aquí está todo lo que amamos.

Tenemos las manos para crear. El teclado de nuestras computadoras explosiona de palabras. ¿No es alegría perfecta lo que sentimos en ese momento? Pelear es cercar todo lo que amamos.

Puentes aunque frágiles, fronteras aunque treguas, no muros indestructibles.

Tengo un profundo respeto por cualquiera que escribe, desde cualquier trinchera, como por cualquiera que hace de crear su vocación o profesión. Estamos unidos por la misma pólvora: Las palabras nos han sido servidas y nosotros servimos con las palabras.
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La foto la tomé en Cuenca.

martes, 31 de marzo de 2009

Lo que no se ve

El sábado y el domingo fui a la playa. El sábado con dos amigos y el domingo con mis papás. Fueron conversaciones, nostalgias distintas. Mis amigos sentados, echados en la arena. Mis padres solo pueden sentarse en las sillas y limpian la arena de las sillas como si no fuera inagotable.
Pero lo que ambos días tuvieron en común es que hice un experimento. Me he comprado unos lentes de natación de lunas azules, especiales para entrenar y antihumedad. Me enfrenté por fin a las olas con los ojos abiertos, sin que la sal me doliera. Desde siempre he querido mirar lo que hay debajo, qué miedo la otra vida que no se puede ver. Pude ver cuán redondas eran las burbujas que salían de mi boca, nubes de arena, remolinos, algas, crol, restos de bolsas, peces transparentes, ¡un arete dorado rozando y tocando el piso de arena y piedras! Me reía mucho. A cada brazada el agua cambiaba de azul a verde a marrón a blanco. Tonalidades que nunca antes había podido distinguir. Me adentraba más y más porque había perdido el miedo al mar. Mi abuela paterna amaba el mar. Murió ahogada y aunque no la llegué a conocer, el mar siempre ha sido un desafío para papá y para mí (morir en algo que amas... no lo entiendo). Él ahora evita meterse, cuando de niña me llevaba hasta el fondo y me dejaba sola para que regresase sola; fui rescatada una vez por un hombre que no era él. Ahora soy yo la de los largos brazos, las piernas fuertes. Pero lo mejor de todo, lo mejor de todo, es que al quitarme los lentes vi el mundo absolutamente anaranjado. Los filtros eran mis propias retinas. No quería volver a ponérmelos para no perder ese efecto. Saber que podía ver todo de forma distinta y valorarlo me hizo sentir especial. Como una cámara de fotos. El objeto no era yo, sino lo que veía por primera vez.
El engaño duró unos segundos.

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Las fotos las tomé en junio del año pasado.

lunes, 30 de marzo de 2009

Apostar a la vida


Esto es lo primero que escribí. O debo decir... que me publicaron. Era agosto del 96. El diario El Sol estaba en su apogeo. Tenía una "página libre". Recuerdo que redacté el texto en la máquina de escribir eléctrica de mi papá. Él la alimentaba con papel de fax que se robaba de la oficina. Envíe el texto un martes y durante una semana compré el diario hasta que me di por vencida (¿cómo aceptarían algo impreso en una textura tan escurridiza?... además la tinta se borraría en cualquier momento). Dos semanas más tarde, la mamá de mi amiga Daniella, me dijo: "me gustó lo que escribiste". Visité el archivo del diario y me compré un ejemplar. Por esa época yo vendía productos contra el acné en un supermercado. Aunque nunca imaginé que de hecho podría escribir, durante mucho tiempo el texto estuvo en un cuadrito en mi habitación para recordarme de que sí era posible.

Ellos lo llamaron: "Apostar a la vida". Y le pusieron esta bajada: "Reflexiones acerca del pasado, el presente y el futuro, que se entrelazan sin remedio".

Mientras voy en la combi a mi trabajo, suelo prestar atención a la infinidad de pensamientos que vagan demasiado libres por mi mente.
Pienso mucho en la cuestión de vivir y el momento adecuado de morir. Se me ocurre imaginar que dejaré de existir el día que desaparezca la esencia de niñez que hay en mí. Cuando ya no me conmuevan las risas, la inocencia y el juego de la vida, yo moriré.
Y aún sigo lanzando los dados, echando las cartas, barajando irremediable -con espontánea inmadurez e impulsividad juvenil- mi destino. En el laberinto efímero de la juventud tengo que encontrar opciones y decidir sobre mi pasado, mi presente y mi futuro, esperando con ansias más respuestas que incógnitos caminos, antes de que las arrugas acaben más rápido con mi alma que con mi frente. Sería frustrante descubrir que a los diecinueve años ya no tengo toda la vida por delante -frase utópica de cualquier sufrido mortal mayor de cincuenta que envidia más la posibilidad de realizar nuestros sueños que nuestro cutis-; porque yo no debo dejar en manos de otros mis sueños, porque cuando más tarde vea a mis nietos, yo no los quiero envidiar.
Durante esta vida perderé personas queridas, oportunidades, tiempo, pero habré ganado experiencia y recuerdos y ellos serán compañeros inseparables del resto de mis días. Cuando ya no pueda manejar, quizás pueda tirar mi bastón y correr para alcanzar esta combi (cuyo cobrador ya será el chofer).
Así cuando de anciana me pregunten que quería ser de grande, yo responderé sin avergonzarme: "yo quería seguir siendo niña".
Abandonaré en algún momento, agradecida, las cartas sobre la mesa. Estaré en paz con mi corazón y con mi vida y tendré la certidumbre de haber acertado al elegir jugar y ganar en el mejor de los juegos.

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¡Horror! 13 años más tarde descubro que... sigo siendo igual a esa chica de 19. ¿Acaso no he aprendido nada o en esa época sabía más que ahora?

jueves, 26 de marzo de 2009

Blue de Zucchero

Cuando yo tenía 9 años mi hermano dejó Lima para irse a vivir a Trento. En ese momento yo no comprendía qué era el "para siempre". Fui un par de veces a visitarlo cuando viví en Alemania. Recuerdo que una de esas veces, debe haber sido en el 98, compraba uvas en el supermercado cuando escuché una canción. Nunca antes me había erizado como un gato. Nunca antes se me había caído una bolsa de uvas por una canción. Hasta hoy la escucho. Si es la versión a duo con Ilse de Lange, mejor.

No petrol in the car
no pennies in the jar
how did we get this far, baby
No moon in the sky
no roof to keep us dry
looks like rain tonight

I got a sinking feeling
coming over me
I got a sinking feeling
I tried to paint a picture
a picture through the clouds for you

Green your smiling eyes
Red ‘cause I made you cry
Grey these rainy skies
tomorrow will be blue
Stay love, stay tonight
these rainy skies
tomorrow will be blue

No caffeine in the coffee
no sugar in my tea
just watching the TV
with the sound down
no radio on
no tune to the song
and the words are wrong

Your fingers tapping
to the rhythm of the rain
your fingers.

Mi aprendizaje de la semana


¿Qué es lo que quiero contar?
¿Qué es lo que he aprendido?

He pegado papelitos por toda mi casa con estas dos preguntas.
Las he escrito en la cabecera de mi cama.
Estoy trabajando incansable en las respuestas.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Mes del teatro en la Casona de San Marcos


El 27 de marzo es el Día Internacional del Teatro. Por eso la Dirección del Teatro Universitario de San Marcos (TUSM) ha organizado en su Casona “El Mes del Teatro”.

Mañana, día central de las celebraciones, se entregarán distinciones al mimo Jorge Acuña; al dramaturgo Hernando Cortés; la actriz Ofelia Lazo; la actriz, directora y promotora del teatro para niños y jóvenes Myriam Reátegui y al actor y ex director del TUSM Walter Zambrano. En la ceremonia también se lanzará la convocatoria para el Primer Concurso Nacional Universitario de Dramaturgia.

El lunes 30, en el Ciclo de Investigaciones Estéticas e Históricas del Teatro Peruano, el Director del Teatro de San Marcos, Ernesto Ráez, disertará sobre el teatro peruano de la década del 70 (6:30 p.m).

El martes 31 de marzo continúa el Ciclo Lecturas de Teatro Peruano. Se presentarán –en la Casona- las obras “Bayles” de Juan Del Valle y Caviedes, “Entremés del viejo y la vieja” y “Entremés del Huanuqueño” (6:30 p.m.).

Dirección: Av. Nicolás de Piérola 1222, Parque Universitario. El ingreso a todas las actividades es libre.

martes, 24 de marzo de 2009

Nuestro incendio

La semana pasada hubo un incendio a la vuelta de mi casa, en Lince. Una llamarada larga, anaranjada y azul salía despedida al cielo. Podía verla desde mi cuarto, por eso creía que el fuego se había originado en la cochera frente a mi casa. Yo llegaba de una exposición, de celebrar feliz entre amigos. Me ponía el pijama cuando escuché que crepitaba madera. Comprendí: una familia lo pierde todo en este ruido. Era la una de la madrugada. Cogí mi cámara de fotos, la tenía a mano porque la había llevado a la exposición, y salí. Desperté a los chicos que viven en la cochera. Me gritaron que el fuego no era allí; momentos después sacaban todos los carros, unos veinte. Corrí a la vuelta de casa. Se incendiaba una casa en una quinta. Una casa azul entre dos casas verdes. La puerta de madera del garaje era cenizas cuando llegué. Nadie gritaba ya, todos miraban la casa y el fuego. Incluso los vecinos de la casa verde del costado, entre ellos un niño –las casas compartían techos de madera- no se apartaban de las ventanas y contemplaban el auto que comenzaba a incendiarse: Un Kia Pride cuadrado al frente del garaje. ¿No podía cambiar la dirección del viento? ¿Acaso un auto en llamas no explota? ¿Por qué todos habían sacado sus carros del pasadizo de la quinta y habían dejado un auto que no era suyo? Llegaron los bomberos de la bomba 4 de Lince. Tengo dos amigos que son voluntarios en esa bomba, Mauro y Sebastián. Mauro es mi mejor amigo y fui su madrina de graduación como oficial de bombero. El primer incendio en que sirvió, antes de graduarse, ha sido uno de los más trágicos en la historia de Lima: Mesa Redonda. Los busqué detrás de los cascos, pero no estaban de turno. Meses atrás Sebastián había apagado un conato de incendio en el edificio donde trabajo. Me había alegrado de saber el nombre del bombero que nos había ayudado y de poder abrazarlo llamándolo por su nombre.
Alguien me dijo que de la propia casa en llamas no había salido nadie: 12 personas la habitaban. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podían seguir durmiendo? Se podía oler y escuchar el fuego desde lejos. Uno de los dos inquilinos que vivían en el garaje, un vendedor de golosinas llamado Hubert, había salido a pedir agua y vuelto a ingresar a la casa para alertar a los demás del fuego. Ninguno de ellos era su pariente. Hubert no volvió a salir. Atendía un kiosko a la espalda de mi casa. Su habitación de triplay en el garaje medía un metro por un metro veinte. Allí se había originado el corto circuito. Al costado de este cuarto había un pasadizo -tan ancho como una persona- que conducía a un tragaluz descubierto y a las angostas escaleras del segundo piso.

Los bomberos, comandados por César Goñi, salvaron de la muerte a 11 personas esa noche, entre ellas a una madre con sus 3 hijas: la familia Portugal. Roxana, la menor, descalza, cargaba a Floppy, el pekinés de siete años de la familia. Solo había pensando en Floppy, me contó. Juani, la de en medio, solo quería hablar con su enamorado. Rosa Ángela, la mayor, le decía a su mamá que no le importaba su carro, que lo material se recupera. Después se volteó y me dijo: "esto es una película, no está pasando. Es igual como cuando murió mi papá, hace 4 años. No lo puedo creer". Sus hermanas y su mamá habían saltado de la azotea, donde dormían en cuartos de triplay, a la casa vecina. Rosa Ángela había saltado de su cuarto del segundo piso al tendedero del patio. Dos metros y medio. Tiene agorafobia, pero un bombero le había insistido que la podría coger en el aire.
Llegaron periodistas de América, Panamericana, RPP, ATV. “Cuénteme señora, qué ha pasado”, le preguntaron a la mamá de Rosa Ángela. Ella se cogía la cabeza, tartamudeaba. Rosa Ángela la jalaba del brazo para que no declarase. Más tarde si quieres cuando estés más tranquila, le dijo.
Los Serenos de Lince cuidaban que nadie interrumpiese la zona de acción de los bomberos. Uno de ellos, de ojos verdes y grandes, muy alto y enérgico, lideraba a los demás. Le pidió permiso a Rosa para llevar al depósito el balón de gas que habían desactivado los bomberos y le dijo que podría pasar a buscarlo en cualquier momento. Rosa le dijo que no le importaba el balón.
Julio, otro inquilino, dormía en el cuarto contiguo al de Rosa. Salió caminando luego de saltar al patio –habrían pasado veinte minutos desde el inicio del fuego- y ser rescatado. Tenía el pecho descubierto, los dedos quemados, el pelo. Dijo que se sentía bien. ¿Cómo se llama?, le preguntaron los periodistas. Se desplomó en el camión de bomberos.

Rosa me dijo: “Yo creí que nos robaban, porque había pasos, alguien golpeaba a mi puerta (Hubert) y me escondí en el clóset para llamar a los bomberos al 116. Les dije que me robaban y me dijeron que llamase al 105”. ¿Qué habría pasado si Rosa decía en esa llamada que era un incendio? Si le abría la puerta a Hubert (para ella era un ladrón)… ¿él se salvaba o moría ella también? Rosa podía ver a su hermana escapando por el techo mientras ella seguía en la ventana decidiendo si valía la pena saltar o no, porque creía que su mamá había muerto. Cuando salió de la casa y vio a su familia, Rosa solo pensaba en las llaves que tenía en la guantera del auto. Como gerente asistente del Interbank, creía que el lugar más seguro de toda la casa para tener las llaves de la bóveda era la guantera. El auto dormía en el pasadizo de la quinta, porque el garaje estaba habitado. Su carro. Sus llaves. Le hablamos al comandante para que abriese la guantera atascada. Rosa recuperó las llaves, unos discos, un tapasol. Solo servían las llaves. El motor del auto estaba quemado, los asientos destrozados, las llantas derretidas pegadas al piso.
Rosa y sus hermanas son las herederas de la casa junto con las tres hermanas del padre. La casa está en litigio. La abuelastra les corta el agua y la luz luego de las nueve de la noche.
Le pregunté a Rosa si quería saber cómo había quedado su casa y cuándo podrían volver a habitarla. Le dije al comandante que ella era la dueña.
-¿Tú eres la dueña?
-Sí.
-¿Tú eres la dueña?
-Sí, una de ellas.
-Adentro hay un muertito. ¿Quién puede ser?
-Es Hubert. Es el único que no ha salido.
-Hubert… ¿Qué?
-No sé su apellido.
-Ven, te voy a mostrar tu casa.
-Acompáñame.
Estábamos a punto de ingresar a la casa cuando Rosa preguntó dónde estaba el muerto. No ingresamos a la casa. A solas le pregunté al comandante por qué había muerto Hubert. Respiró gases y luego se quemó, me dijo. El cuerpo se encoge, los dientes se exponen. Graficó esto con las manos. Eso no es nada, lo peor es ver criaturas, me dijo. Yo quería que me dijese que Hubert había muerto por falta de solidaridad. ¿Cómo logra salir un perro en brazos de un incendio y no un ser humano? Si todos hubiesen pensado como familia sin serlo, habrían salido juntos, se habrían llamado. El comandante me dijo también que todo lo que había en la casa era peligroso o inflamable: escaleras estrechísimas, madera, balones de gas, cuartos llenos de maletas, papeles, discos, etc. “Todo lo que hay en esa casa es ilegal”. El tragaluz se había convertido en una chimenea. La llamarada que vi salía de allí. En las escaleras había bolsas de lejía. La mamá de Rosa me dijo: Yo sabía que algo así iba a pasar, quería llamar a la municipalidad para que se llevase toda la madera, pero no era mía.

Ella y dos de sus hijas se quedaron a dormir en mi casa. A Juani la recogió su enamorado. Les dije que podían distribuirse entre la cama del cuarto de visitas, el sofá, y que una podía dormir conmigo. Se miraron y dijeron que todas dormirían en la cama del cuarto de visitas, que las tres entrarían. Me sentí tan estúpida: era obvio que debían estar juntas. Les ofrecí mi cama de dos plazas y les abrí la ducha. Les di ropa nueva porque su ropa olía a incendio. Todas estábamos en pijama. Yo también olía a incendio. Quienes han estado en uno saben de lo que hablo: un olor espantoso que se impregna muy adentro de la nariz, un olor que lo cubre todo sin dejar que las imágenes se conviertan en recuerdo. Yo soy periodista de oficina; por primera vez veía un incendio “en vivo”, que además afectaba a vecinos míos. Había hablado con la mamá de Rosa una vez, iría a limpiarme la casa, pero nunca concretamos. Roxana, la hija menor, me ha atendido en algunas ocasiones en el Mc Donald´s del barrio.
No podíamos dormir. Ellas lloraban, conversaban, se movían en la cama. Pese a que susurraban, yo podía escucharlas y escuchar mis pensamientos sin comas: un hombre ha muerto esta noche yo le he comprado jugo varias veces pero nunca le vi la cara su familia no sabe nada él mañana iba a ir a trabajar como cualquier día ahora ya no está. Ellas no podían apagar la luz, discutían al respecto, y yo estaba aliviada de que un halo se filtrase por la puerta del cuarto de visitas.
A las 5 de la mañana las chicas me jalaron del brazo, diciéndome: ¡Se está incendiando de nuevo! Ellas veían ahora desde mi ventana lo que yo había visto horas antes: una llamarada larga, anaranjada y azul. Obligamos a Roxana y a su mamá a quedarse en el cuarto; no dejaban de hablar sin poder apuntar la mirada a un lugar fijo. Con Rosa corrimos de la mano hasta su casa. Los vecinos se preguntaban por qué los bomberos no habían apagado “bien” el fuego, les gritaban a los Serenos que había balones de gas.
-De nuevo, no, me decía Rosa, de nuevo, no.
-¿Qué tiene tu casa que no se apaga?, le pregunté, es una maldición.
-No sé, no entiendo. ¿Dónde están los bomberos? ¿Por qué no están acá ahora?

Llegaron los mismos bomberos con los uniformes sucios y las caras sudorosas; venían de otra comisión. Se movían igual de rápido, pero se veían jorobados. Era la manera en que sus cuerpos admitían que los equipos pesan veinte kilos. Vimos la luz de sus linternas frontales atravesando una cortina de humo en el techo. Los bomberos miran con precisión, como sus linternas.
Roxana y su mamá corrían hacia nosotras.
-Había una pared y por eso no pudimos ver la construcción de madera, me dijo el comandante después. Todo es inflamable, todo es ilegal en esa casa.
-¿Van a poder vivir allí?
-Está intacta, la temperatura no ha sido tan fuerte, pero que primero la evalúen los ingenieros de Defensa Civil.
-Por favor, bajen la llave de la luz, le pidió Rosa.
-Créeme, todos los cables ya se fundieron.
América Noticias y ATV instalaron sus microondas en los techos de los edificios contiguos para salir en directo en los primeros noticieros. Sus cables estaban encima de la manguera de los bomberos.
La reportera del 4 me había pedido el baño luego del primer incendio, mientras esperaba que llegase el fiscal a levantar el cuerpo de Hubert. Me dijo en mi casa que me recordaba de Canal N. Se había quedado prendada de Mara, mi Schnauzer miniatura. No dejaba de alabarla y acariciarla. Me pareció una chica muy empática. “Y te sigue a todos lados… qué tierna… tiene un hociquito lindo… mira cómo se mueve… yo también tuve un perro al que quería mucho…”. Cuando volvió para el segundo incendio se había cambiado la blusa y le dijo a Rosa mientras se abotonaba y encajaba el micro en la axila: “¡Y se volvió a prender!”. Se volteó y le dijo a su colega del 9: “no sabes, ella tiene una perrita linda, súper dulce…”.
Reconocí a un bombero amigo de Mauro y de Sebastián. Me dijo que él me había ayudado hacía años a ingresar gratis a una discoteca con Mauro cuando estaba de Seguridad. Me acuerdo de ti, le dije.
-Yo cargué a esa chica. Yo también trabajo en Interbank.
Le conté esto a Rosa. Recién allí me enteré que ella y su familia habían sido rescatadas. Este bombero recogía la enorme manguera y avanzaba con ella sobre sus hombros. Tenía puntos rojos en la frente; hasta que no lo vi de cerca no supe que eran esquirlas de madera pegadas al sudor. Estoy sudado, dijo, cuando Rosa lo abrazó. Ella le dijo que no le importaba. Él pidió a los periodistas que movieran sus cables para acabar de guardar la manguera.
ATV, gritó, tus cables.
Los canales quieren entrevistas para sus noticieros, mi mamá y yo, ¿qué digo?
Solo pide ayuda, respondí. No digas que se ha prendido dos veces tu casa en una sola noche, es como que un rayo caiga dos veces en un mismo sitio, es una locura. Dile a tu mamá que también pida ayuda y que mantenga la calma. Que pasen tu cuenta de Interbank, no sé.
Rosa salió en el noticiero de ATV mostrando cómo había quedado su casa y su carro, ya lejos de la entrada. Habían puesto su número de teléfono sobre la nota para llamadas de donaciones. Momentos antes había llegado su tío. Era el turno de la periodista del 4. También quería salir en vivo delante de la casa, dentro de la quinta. Tú sales después de esta nota, le dijo. Rosa tenía el retorno en la oreja.
-Estamos aquí con Rosa Ángela Portugal, cuya casa ha quedado reducida a cenizas.
Eso no es cierto, pensé, y justo cuando Rosa pedía ayuda, una mujer ingresó al pasadizo preguntando por Hubert. Echó a llorar cuando vio la casa.
-Un momento Rosa, aquí ha llegado aparentemente una familiar del señor Hubert, quien ha muerto en el incendio. Señora, ¿qué?...
Yo soy su cuñada, señorita, nos hemos enterado cuando hemos visto la televisión…
Rosa se sacó el retorno y lo colocó en el hombro de la periodista.
Pobrecita, yo sé que la señora es la noticia ahora, pero no quiero dejar de pedir ayuda, me dijo.
Fuimos donde el comandante; anunciaba a sus bomberos el fin de la operación.
Saquen todo, no dejen nada adentro. Saquen todo ahora, porque se puede volver a prender, nos dijo. Al lugar habían llegado las parientes de Rosa Ángela, las otras herederas de la casa y su abuelastra, con quienes no se hablaban en años. Ellas le alquilaban el garaje a Hubert.
-“Hubert… ¿qué?”, les habían preguntado los bomberos y ellas respondieron que no sabían su apellido.
El tío de Rosa subió a la azotea y comenzó a lanzar cosas empapadas al pasadizo de la quinta. Una alfombra salpicó manchas azules a la pared de una casa. Arrojó otra alfombra, aún humeante.
-Apáguenla, traigan agua, pidió Rosa. Yo voy por agua.
-No hay agua, dijo una señora, nos han cortado el agua.
El camarógrafo del 9 grababa de rodillas un primer plano de la alfombra humeante. Dijo que él la apagaría, que era cosa de darle vuelta porque había agua en el piso, pero que antes le haría “unas tomas de apoyo”.
Apáguenla, volvió a pedir Rosa. Era las siete y media de la mañana. La claridad del día permitía ver cómo había quedado la casa. Una casa negra entre dos casas verdes. Llegó un amigo de Interbank y Rosa le entregó las llaves mientras le decía que tenían que activar el plan de contingencia, ya que ella era la encargada de abrir la bóveda. Él le dijo que no se preocupase por nada y le dio dos bolsas de dormir. Se abrazaron. Rosa lloró por primera vez.

Volvíamos a mi casa con Rosa y Roxana; su mamá se iba a la posta, cuando una chica de un edificio cercano le alcanzó una mochila con ropa y útiles. Rosa parece una escolar, pero tiene 26 años. Lleva el pelo castaño suelto a la altura de los hombros y habla con una voz suave, como la de su mamá. Es imposible imaginar que puede enojarse. Estudiaba arquitectura, su vocación, cuando murió su papá y tuvo que dejarla. Con su sueldo estudiaba administración, una carrera postiza que también le gusta, y ahora tiene que dejarla para ahorrar para comprar un departamento. Una señora que vive en la avenida Iquitos les ofreció un cuarto. Mi vecina de al lado también les ofreció un cuarto. Se activaba la cadena de solidaridad.
Nos sentamos al sofá de mi sala. El teléfono de Rosa comenzó a timbrar. Me dijo que no quería hablar con nadie. Eran sus amigas del Interbank, del colegio.
-¿Cómo se reconstruye una casa? O sea, ¿por dónde comienzo?
Llegaron las amigas que habían visto las noticias. Algunas trabajan en la torre del banco sobre el Zanjón, muy cerca de acá. Le dijeron que ya habían hablado con todos para ver cómo la ayudaban. Rosa lloraba de forma intermitente. Roxana estaba en mi cuarto, durmiendo.
-¿Cómo se reconstruye una casa? Yo no podía saltar, porque creía que mi mamá había muerto.
Me duché para ir a trabajar. Les pedí que me esperaran antes de llevarse a las chicas a la posta para poder salir juntas y dejarles mis llaves. Ya era jueves, así que llamé a mi mamá para que no viniese a limpiar mi casa con su empleada, como hace todos los jueves. Supervisar la limpieza de mi casa le gusta. Sé que siente que me ayuda a vivir bien, como cuando vivía con ella. Yo estoy agradecida por eso. Le conté a grandes rasgos del incendio y de la familia de Rosa. Mi mamá se enojó porque le había prometido dejarle plata para su doctor:
Antes de ayudar a otros, ayuda a tu madre.
Aunque le dije que pasase por mi oficina para dársela, queda muy cerca de su clínica, me colgó el teléfono.

Llegué a mi oficina. Apenas una amiga me preguntó cómo estaba me puse a llorar en mi cubículo.
Es que hubo un incendio, murió un señor, la familia…
-Ah, no has dormido nada.
-No, no es eso. He sentido la pena de otros.
-Es terrible, qué fuerte, pero no puedes ponerte así. Mal que bien a ti no te ha pasado nada, no puede afectarte tanto.
Pasó otra persona y me dijo:
-¿Y esa cara? ¿Qué te pasa? Yo siempre sonrío, pero mi cara no miente cuando me siento mal. ¿Por qué una sonrisa sí la soportan todos? Oh dios, qué pasaría si un día voy deprimida a trabajar. Ya lo he pensando varias veces.
Es que hubo un incendio, murió un señor, la familia…
-¿Solo un muerto? Creí que habías dicho que había más muertos.
-No he dicho eso, respondí. Pero ya se iba por el pasillo a una reunión.
Quería hacerlo para liberarme, pero no pude seguir llorando. Me tapé la cara un rato, mis dedos todavía olían a incendio. Un ser humano muerto cuenta. Uno solo. No somos culpables, pero es nuestro muerto también, sepamos o no su apellido. Yo también tengo mamá y hermanos. Yo también quisiera que alguien se pusiera en sus zapatos en un momento así. Si mi propia mamá no lo entendía…

Volví a casa luego del largo día de trabajo. Rosa y Roxana almorzaban a las 6:30 p.m. pollo a la brasa. Más amigas y amigos estaban con ellas.
-Recién puedo comer, me dijo. Arrancaba tiras de pollo con el tenedor, todas volvían al plato. Hay buenas noticias. Un gerente regional del banco nos ha prestado su casa en La Perla por dos meses, nadie vive allí. En dos meses más, si es que se puede, me ayudarán para un crédito hipotecario con Mivivienda. Han abierto una cuenta para depositar plata. Se están mandando mails. Todos nos están apoyando.
-Los gerentes han dejado sus meetings, dijo una chica, se han remangado las camisas y han ido a sacar las cosas. La municipalidad ha prestado dos camiones y ya están llevando todo a La Perla.
-Creo que un gerente quiere prestar su cochera para que metas tu carro, dijo Claudio, el ex enamorado de Rosa.
¿Por qué las noticias nunca informan qué pasa después?, les pregunté. Nos reímos.
-Sabes, me dijo Rosa, Defensa Civil ha dicho que mi casa está inhabitable. Aquí está el papel. También han venido del Ministerio Público para que veamos lo del juicio, porque los documentos se han quemado. ¿Puedes creer que el fuego llegó a toda la casa, pero no a nuestros cuartos? Todos los electrodomésticos se han perdido, pero tenemos las camas y la ropa.
Después de un rato llegó en auto otro amigo de Rosa. Se fueron todos a la casa prestada.

El fin de semana vino Rosa a ver su Kia. Me buscó con Claudio y esperamos juntos al mecánico. Les entregué unas donaciones de ropa de cama que me habían dado dos amigas de la oficina. Se fueron un rato a recoger una canasta de víveres que les donó la municipalidad.
Te van a dar doscientos dólares por el carro. Ellos compran lo que les sirve, nada más, le dijo el mecánico. Rosa se puso a llorar abrazada a Claudio:
Tú sabes cómo yo lo cuidaba. Lo tenía perfecto. Justo la semana pasada me lo quisieron robar. Luego nos dijo que no valía la pena llorar por un carro cuando ella y su familia vivían.

Mis amigas de la oficina me siguen entregando bolsas con donaciones para Rosa y su familia. Los vecinos de la quinta quieren pedir ayuda para restaurar las paredes de una de las casas verdes estropeadas por las llamas. Saben que sus casas se han devaluado, porque una ya no sirve. De vez en cuando Rosa me manda mensajes de texto contándome cómo están. Me dice amiga y yo le digo amiga también. Un amigo le compró hoy día su auto a seiscientos dólares. Supongo que ambas estamos intentando apagar nuestros propios incendios. Hemos quedado en cocinar juntas un día de estos en la “casa prestada”.
Actualización 26/03: Rosa me llamó a contarme que Julio había muerto.

lunes, 23 de marzo de 2009

La hora del planeta

HORA DEL PLANETA
UNA ACCIÓN INDIVIDUAL. UN CAMBIO GLOBAL


Este sábado 28 de marzo el mundo se unirá para apagar todos los aparatos eléctricos.
Una hora sin luz para iluminar el futuro de la humanidad: Una llamada de atención sobre el calentamiento global; un impacto positivo en la reducción mundial de energía.

1000 millones de personas, 1000 ciudades participarán en esta iniciativa de la WWF, cuyo éxito fue contundente en sus 2 versiones anteriores.

¿Por qué los peruanos debemos apagar la luz?
-Porque el Perú es uno de los países más vulnerables del mundo ante los cambios climáticos. Nuestros glaciares representan 70 % de la superficie de hielo en los trópicos, pero retroceden entre 20 y 30 metros al año.
-Porque Lima es la segunda ciudad más grande del mundo en un desierto después de El Cairo y dependemos de un solo río, El Rímac, cuyo caudal podría reducirse dramáticamente.

¡Comprométete con tu planeta!

Apaga las luces y artefactos eléctricos entre las 8:30 y 9:30 p.m. este sábado 28 de marzo. Apoya esta iniciativa con recursos que permitan aumentar su difusión.

¡LOGREMOS JUNTOS SER MÁS EFICIENTES CON EL USO DE LA ENERGÍA ELÉCTRICA!

Gran Torino

¿Cómo recordaremos a Clint Eastwood?: Actor o director. Creo que en su caso ambas facetas no compiten. Se complementan.
La primera vez que recuerdo haberlo visto era chica y estaba de mal humor. Mis papás, fanáticos de las cowboyadas, insistieron para ver en la tele un domingo: El bueno, el malo y el feo. Del único que me acuerdo es de Eastwood. Harry el sucio le siguió y también me impactó.
Eastwood es un pistolero. Dispara todas las balas de una escopeta siempre cargada. Tengo una amiga que no llora nunca, pero lloró con los Puentes de Madison y Río Místico. Yo quise aprender a boxear después de ver Million Dollar Baby.
En un Hollywood lleno de efectos especiales y actores que se esfuerzan demasiado, Eastwood es el raro: solo necesita apoyarse en un excelente guión para lograr una excelente película. Consigue lo mejor de sus actores, algunos amateurs, porque los apasiona por aquello que él ama tanto. Y Gran Torino no es la excepción: está en su salsa. Aunque anunció que sería su última película como actor, aunque su personaje diga que conoce todo sobre la vida y la muerte como en una parábola católica; su fuerza, intensidad, esa magia que no se diluye, me hacen querer esperar lo contrario.

En Gran Torino Eastwood encarna a Walt Kowalski, un héroe de guerra retirado que vive en un barrio de Detroit “ganado” por los inmigrantes asiáticos hmong. Se niega a mudarse, al fin y al cabo, es su barrio de toda la vida y allí ha sido medianamente feliz con la mujer de su vida, que acaba de morir. Nunca se entendió bien con sus dos hijos, ahora es muy tarde para comprenderse. Kowalski se refugia en sus herramientas, su porche, sus cervezas frías y su Gran Torino del 72, al que contempla sin saber muy bien qué hacer con él. Un clásico que todos quieren poseer para engrandecer sus pequeñas vidas. Thao Vang, su vecino, tiene como primera orden de una pandilla robarse el auto. Los pandilleros son sus primos.
Desde ese momento comienza un punto de inflexión entre el rudo héroe de guerra que ha matado en Corea y el atormentado vecino que no sabe defenderse. Un camino de redención donde uno aprende a ser padre y el otro a ser hombre. Allí donde la propia familia puede arrebatarte lo amado, donde no hay esperanza ni futuro, un desconocido puede devolverte a la vida, aunque le cueste la suya.

Aquí una lista con algunas de las películas dirigidas por Eastwood:
Gran Torino (2009): actor, director, productor
El sustituto (2008): director
Cartas desde Iwo Jima (2007): dirección, música, producción
Banderas de nuestros padres (2007): dirección, música, producción
Million Dollar Baby (2005): actor, director, música, producción
Río místico (2003): director, música, producción
Deuda de sangre (2002); actor, director
Cowboys del espacio (2000) actor, director, productor
Ejecución inminente (1998): actor, director
Poder absoluto (1996): actor, director

viernes, 20 de marzo de 2009

Instante


Este texto lo escribí para la exposición de fotografías de Hugo Vásquez, titulada Sociedad. Se presenta actualmente en la Alianza Francesa de La Molina.

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Alzaban la mirada. Allí estaba el horizonte como una promesa. ¿Por qué no en ese instante?
Me preguntaba si se sabían especiales. Ellos podían volar. Volar con sus deseos.
Atestiguar desde tierra firme, donde la sal permanece y escose, la felicidad que se aleja.

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Nos cruzamos. Nos cuesta reconocernos con máscaras. Y sin embargo, coincidimos: somos exiliados que pasan.
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Desde un álbum olvidan nuestros nombres, pero nos recuerdan más.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Los Noveles 33

Mientras en Lima todos comentan que U2 vendría el próximo año, ante la avalancha de artistas que estamos recibiendo gracias a la crisis, Salvador Luis, fanático de la banda desde Miami, vuelve a colgar en la web una nueva edición de Los Noveles, con un número cabalístico: 33. Y también estrena el espacio de Los Noveles en facebook. No sé cómo hace Salvador para tener tiempo: en mayo vendrá a Lima a presentar su próxima novela. Uf.
En la sección Autorpista encontré este texto muy divertido del guatemalteco Javier Payeras:

Variaciones a Raymond Chandler en un encuentro internacional de escritores
Era media noche y el día había transcurrido en un largo devenir de conferencias, lecturas y ceremonias cursis. Estaba bastante cansado de oír a expertos hablando de literatura, quería salir de juerga y no me quedaban ganas de machacar las teclas de la computadora para concluir mi ponencia del día siguiente: "Raymond Chandler contra su propio éxito".
Luego de vanos intentos por desbloquear el canal de porno y de tomarme unas píldoras para el catarro (que prometían darme sueño), permanecí inmóvil en aquella habitación enorme. Me ocupé del pequeño refri-bar destapando la primera lata de Corona y la bebí de un solo trago. Era deprimente y aburrido. No tuve otro remedio que sentarme a leer el libro de poemas (horribles) de una escritora local que no hacía más que hablar de sí misma, pero que telepáticamente me inducía "quiero que me violes, loca, déjame loca por favor, loca, loca…"
Una orquesta de gritos y carcajadas me alejó del peor de todos los poemas del libro; me levanté inmediatamente y descorrí la persiana. Eran dos adolescentes muy borrachas que mi vecino, un escritor neo-bukowskiano, trataba de meter a nalgadas en su habitación. Pensé algo, pero no. Decidí sentarme a escribir la ponencia.
"Podemos tratar la novela negra en Norteamérica…", "Podemos decir que…", "Puedo decir que…", "decir".
Era imposible pensar con tanto ruido. Los parranderos ya habían subido todo el volumen al aparato de sonido y se reían a gritos. Apagué la computadora portátil y regresé al refrigerador a tomar lo que quedaba del six pack de cerveza, y también algunas frituras. Total, que volví a la cama con todo, dispuesto a escribir como lo hacía Chandler, borracho. Pero el ruido y mis ganas de husmear se hicieron insoportables, así que me puse los zapatos y salí.
Su puerta estaba levemente abierta, le di un empujoncito (no sé si con la intención de ver o de entrar) y encontré a mi vecino de cuarto cubierto con una sábana —simulando ser un patricio romano, supongo— y acostado con las dos muchachas sobre la alfombra.
— Pase, mister— me dijo acariciándose la barriga. La pelirroja tenía el rimel corrido y la trigueña se reía con la boca completamente abierta mientras intentaba acercarse el tubito a la nariz e inhalar un poco de polvo.


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